La traidora

Posted on

Pasaba un minuto de las cuatro cuando me desperté angustiada. Puede que intuyera lo que estaba a punto de pasar, aunque no quería creerlo.

Raig era un niño cariñoso, siempre pegado a mis faldas. «Lo estás malcriando», decían. Su padre era muy estricto con él; si no lo malcriaba yo que era su madre, quién iba a hacerlo.

Aquel invierno todo se torció. A nuestros vecinos, los Whitehall, los desahuciaron y, aunque nadie entendía cómo podía ser que una familia con tanto dinero se viera de repente en la calle, tampoco nadie se preguntó por qué estaba pasando aquello.

Algunos de nuestros amigos tuvieron que cerrar sus negocios. Grupos de vándalos, que nadie sabía de dónde habían salido y por qué actuaban de ese modo, estaban causando destrozos en sus locales; esperaban a que hubieran arreglado los desperfectos y volvían a atacar. La policía desaparecía misteriosamente tras estos actos; siempre tenían algo más urgente que atender.

Muchos llegaron a la conclusión de que no merecía la pena volver a abrir y que si seguían gastando en reformar sus locales pronto no tendrían ni para comer. Al fin y al cabo, cada vez eran menos los que se atrevían a comprar en sus tiendas.

Nadie sabía de dónde habían salido, ni por qué actuaban así. O eso nos decíamos.

Todos lo sabíamos. Todos miramos hacia otro lado.

El año siguiente, Philrig, mi marido, fue llamado a filas. Creí que iba a morirme de la angustia. Me arañé la cara, le supliqué que objetara, que se escondiera, que escapara. Me apartó con un gesto entre la ternura y el desprecio.

-Es mi deber, Merthig.

Lo último que tengo de él es una carta de condolencias y una pequeña medalla. Un héroe de guerra, decían.

Me encontraron sentada frente a la mesa de la cocina, con un té caliente entre las manos y la nota que Raig, mi pequeño de diez años, me había escrito con su espantosa caligrafía.

Las ratas que escondes cada noche serán exterminadas.
Pagarás por tu traición.
Me avergüenza llamarte Madre. Traidora.

Pasaban diez minutos de las cuatro cuando los soldados derribaron la puerta principal. La respiración contenida que inundó el sótano fue casi un grito en la noche.

0 Comments

Leave a comment

Your email address will not be published.