La ofrenda

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Las hojas se mecían y crujían sobre el borboteo incesante del arroyuelo al otro lado de la ventana.

—Voy a por leña —dijo Balt.

—No tardes —respondió Safia frotándose las manos con inquietud—. Parece que va a llover.

Balt, condescendiente, le besó la cabeza como se besa a un niño asustado, y cruzó el porche en dirección al bosque. Los castaños se alzaban tan juntos que sus ramas se enredaban y arañaban unas a otras. Balt desapareció en un instante entre los troncos centenarios surcados de mil cicatrices.

Las gotas empezaban a golpear el cristal cuando Safia vio algo moverse entre los árboles. «Ya vuelve», pensó, aliviada. Una sombra se movió despacio con los brazos a los costados, ningún leño descansaba en ellos; se detuvo y, desde la lejanía, clavó en ella sus ojos vacíos.

Sintió el impulso de llamar a Balt y se echó la mano al bolsillo en busca de su teléfono. «Mierda», no lo tenía encima. Pasaban una mala racha y habían acordado un fin de semana romántico. Sin móviles, sin televisión, sin distracciones; solo ellos dos, plenamente presentes.

Safia aspiró una gran bocanada de aire. Se le antojó demasiado frío y, al tiempo, le llenó el pecho con un abrazo cálido. De repente, el espacio dentro de aquella cabaña encantadora le resultó más pequeño y el ambiente pesado comenzaba a asfixiarla.

Corrió hacia la puerta y, justo cuando posó la mano sobre el picaporte, tres golpes secos contra la madera maciza la paralizaron.

—Abre, Safia —le ordenó la voz de Balt.

Pero Balt nunca la llamaba por su nombre.

Acercó el rostro a una rendija de la madera e intentó ver qué había al otro lado. Su novio, con la cabeza gacha, estaba ahí frente a ella. Sin embargo, Safia no conseguía sacudirse aquella inquietud. El mundo empezaba a enturbiarse a su alrededor.

—No puedo… Tienes tú las llaves.

Hasta aquel momento no había caído en la cuenta de que era cierto. Estaba encerrada.

Balt levantó la cabeza. A pesar de la madera que los separaba, supo que podía verla con claridad. Safia sentía el aliento pesado y denso escapando de su cuerpo; se colaba por la rendija como una espesa columna de humo y era engullido por las cuencas vacías de Balt que la acechaban tras la puerta.

La llave penetró en la cerradura cuando Safia, inmóvil, comenzó a sentir un desasosiego profundo, un vacío que le desgarró las entrañas como una rata hambrienta que buscara una salida. La llave giró y Balt posó una mano sobre el picaporte.

Ella no podía moverse, solo podía mirar. Y miró.

Cuando el picaporte comenzó a girar, algo se movió tras la ventana y captó su atención. La sombra de ojos vacíos la miró y se llevó algo parecido a un dedo a la boca, si la hubiera tenido.

Safia volvió a mirar a Balt a través de la rendija. Estaba a punto de entrar, ¿qué debía esperar? Un golpe seco y Balt desapareció ante sus ojos.

El calor comenzó a regresarle al cuerpo y se quedó escuchando tras la puerta. Algo se arrastraba por el porche.

«Nadie me va a creer», pensó.

****

Molly llegó temprano a su cabaña del bosque. Horas más tarde, como cada lunes, arrojó un cubo rebosante de vísceras junto al arroyuelo.

—Tengo que subir el precio —le dijo a la sombra del bosque—. Cada vez ensucian más.

2 Comments

  1. Sarah Satom says:

    Me encanta. Cuando saques la novela pienso ser de las primeras en leerla, escribes increíble.

    1. laurablanch says:

      ¡Hola, Sarah!

      Muchas gracias. Con comentarios como el tuyo, la tarea de escribir es menos solitaria.

      Un abrazo 🙂

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