Crianza respetuosa: luces y sombras

Si hay algo que tengo claro (tenemos) es que nuestra pequeña manzana será hija única (por lo menos biológicamente hablando). Ya se sabe que a medida que la vida nos va pasando por encima podemos modificar nuestras impresiones y necesidades pero, hoy por hoy, nuestro sentir es éste y es inamovible.

Lo sé, y así lo siento, que tener hijos es la experiencia más maravillosa y trascendente del mundo. Sé que jamás había hecho –ni volveré a hacer- nada tan valioso como maternar a mi cachorra. Sé lo políticamente incorrecto que es decir que no quiero tener más hijos y sé que, probablemente, la tribu 2.0 se me eche al cuello ante tal afirmación. Por no hablar de las famosas coletillas: <<pero ¿cómo vais a dejarla sola?>>, <<donde comen tres comen cuatro>>, <<qué egoístas sois>>, entre otras.

Ahora bien, antes de juzgarme, dejadme matizar algo en lo que creo que reside toda nuestra verdad y que considero todo un ejercicio de auto-conocimiento, conciencia de los propios límites y sinceridad que no muchos son capaces de asumir: no es que no quiera tener más hijos (tendría montones de ellos, pariría cada año si me dejaran hacerlo con placer, amamantaría a toda una camada y a la camada del vecino si me lo pidieran y amaría sin límites si pudiera dedicarme en exclusiva a ello), es que ni estoy capacitada físicamente, ni puedo dedicarles el tiempo que necesitan y merecen, ni tengo las herramientas cognitivas suficientes para luchar contra todos mis demonios a la vez y no morir en el intento.

Amor animal

Ya he comentado en otras ocasiones que, antes de plantearme ser madre, yo era muy fan de Supernanny. Después me quedé embarazada y empecé a rechazar todos aquellos discursos basados en la lucha de poder padres-hijos y todas aquellas técnicas de adiestramiento humano cual cobayas. Ya antes de parir, yo percibía a mi hija como una persona completa, una igual, alguien a quién no tenía que explicárselo todo sino alguien a quién darle mis respuestas cuando me las pida, explicarle que hay personas que piensan distinto e invitarla a llegar a sus propias conclusiones.

Entonces parí (o me hicieron parir) y el mundo se nos dio vuelta como un calcetín. De repente tenía entre manos a todo un cachorro mamífero que no entendía de teorías, ni de corrientes psicológicas varias, ni de pseudo-ciencias; un cachorro mamífero que demandaba las ocho tetas de mamá loba y ésta, pobre infeliz, sólo tenía dos para ofrecerle. Un cachorro mamífero que demandaba de mamá osa todo su calor las veinticuatro horas del día, sin treguas, sin descansos. Un cachorro mamífero que necesitaba dormir hecho un ovillo sobre el vientre de mamá leona y al que no le valían cómodos colchones, una teta en la boca y un calorcito cercano. Un cachorro mamífero que pronto consiguió que dejáramos de pasear el cochecito vacío y empezáramos a disfrutarnos también de pie, como buenos canguros que somos. Un cachorro mamífero que lejos de reducir tomas de pecho cuando introdujimos la alimentación complementaria, las mantuvo e incluso las incrementó durante distintas épocas. Un cachorro mamífero que empezó a gatear para alcanzarme en cualquier momento, sin excusas. Un cachorro mamífero que empezó a caminar para reclamar mi presencia a cada paso. Un cachorro mamífero que sigue despertándose múltiples veces cada noche para cerciorarse de que sigo ahí, aun cuando nunca se ha encontrado sola en ninguno de sus despertares en estos casi treinta meses. Un cachorro mamífero que sigue recurriendo a la teta de su protectora más entregada e incondicional para lo bueno, para lo malo y para lo más banal. Un cachorro mamífero que habla y se enfada cuando no lo entiendo porque se supone que, precisamente, soy yo quien nunca debería fallarle. Un cachorro mamífero que busca reafirmarse en su Yo individual y se debate constantemente entre el “ni contigo ni sin ti”. Un cachorro mamífero a quien he dado, doy y daré por encima de mis capacidades (¿cuánto tiempo crees que aguantarías sin dormir o mal-durmiendo? Yo, después de treinta meses sigo cuerda y no sé cómo), por encima de mis posibilidades y, a menudo, por encima de mis necesidades que, sin duda, pueden esperar.

Un cachorro mamífero que me da tanto y me exige tanto que no me alcanza una vida, no me alcanza un cuerpo, no me alcanza un cerebro.

Luces de la crianza respetuosa…

Cuando me encontré en casa con una recién nacida adherida al pecho 24/7, me encontré también conmigo misma. Muchas horas de sofá productivamente improductivas que invitaban a leer hasta la extenuación y a pensar hasta la locura. El tsunami hormonal y emocional: el puerperio.

Creo que el puerperio es una oportunidad que nos brinda la vida para conocernos, para indagar en nuestras heridas, para escucharnos en lo más profundo y para despojarnos de todo aquello que la sociedad en general y nuestro entorno en particular nos ha ido cargando a las espaldas. El puerperio es una ocasión dorada para lijarnos todo ese barniz que oculta nuestras impurezas y para dejar brillar todas nuestras aristas que nos embellecen y nos hacen únicas, diosas.

El problema del puerperio es que, durante un tiempo (distinto para cada una), caminas sobre el filo de una navaja que separa el <<tú puedes y eres la mejor>> y el <<no estás capacitada, no tienes ni idea y cualquiera lo haría mejor que tú>>. De hecho, durante las primeras semanas después del parto, creo que las frases que más veces repetí en mi desesperación fueron <<no estoy capacitada para esto>> y <<no sé para qué me pongo a tener hijos si nunca me han gustado los niños>> (ya veis, como si tuviera que comérmelos 😛 ). Y, cuando por fin me planteé <<Y, ¿quién lo está (capacitado/a)?>>, empezó a florecer en mí esa madre segura, informada, capaz, guerrera, contestona, mamífera, animal, leona. Loba.

Pero no os culpéis por caer del otro lado de la navaja. Los retos están para enfrentarlos y profundizar en lo que os pasa es el primer paso para decantar la balanza y hacer que su peso haga subir el agua que os empuje a la superficie. La depresión posparto no es ninguna tontería ni algo menor, es tremendamente común y, a veces, incluso, beneficiosa.

Saltado mi propio abismo, comencé a informarme y, lejos de dejarme adoctrinar por terceros que escriben libros y webs (aunque sé que muchos piensan que así es), me limité a comprenderme; a comprender qué me ocurría, qué sentía y por qué. Me limité a comprender que aquello que mi instinto me sugería era lo mejor para mi hija, lo mejor para nuestra especie: fuera opiniones tendenciosas e interesadas; fuera mitos; fuera teorías infundadas; fuera complejos, miedos y traumas ajenos; fuera todo lo que no fuéramos mi hija y yo (y mi chico, afortunadamente). Me limité a armarme de información y cuanto más informada estaba menos explicaciones necesitaba dar. Me limité a empoderarme.

No sé si hay tipos de crianza o simplemente tipos de familias, pero la forma en la que decidimos acompañar el crecimiento de nuestra hija desde su nacimiento no ha hecho más que reportarnos alegrías y la seguridad del trabajo bien hecho. A su ritmo, con amor, sin luchas absurdas, sin imposiciones, sin chantajes, sin intereses propios. Nuestra hija es segura, simpática, sociable, cariñosa, decidida, temperamental… es amor.

La crianza respetuosa tiene tantos beneficios para nuestros pequeños como para nosotros, los padres. Me ha permitido cubrir tanto las necesidades de mi hija como las mías y es que soy de la opinión que durante la infancia de nuestros cachorros, las madres les necesitamos tanto a ellos como ellos a nosotras.

… y sombras

Sí. Yo, gran defensora del apego, del respeto, de la relación de igual a igual con los hijos, gran luchadora contra el concepto del “pequeño tirano” que nos bombardea por doquier; he encontrado sombras en este tipo de crianza.

(Para aquellos que estén esperando una declaración de lo terrible que es el apego para la personalidad y la independencia de nuestros hijos, lo siento, este no es el lugar. Si queréis, podéis dejar de leer aquí porque no voy a satisfacer vuestras inquietudes.)

La crianza respetuosa con las necesidades y ritmos de nuestros pequeños es tremendamente agotadora, tanto físicamente como psicológicamente.

Que nuestra forma de criar a nuestra hija es agotadora físicamente ya lo he explicado un poco antes: noches sin dormir; largos paseos con 15 kg en brazos que no quieren ser porteados ergonómicamente en la mochila a no ser que quiera teta para dormirse; correr de un lado a otro para asegurar a nuestra pequeña una siesta reparadora; surtidor de teta, mordedor, chupete, consuelo, etcétera, abierto veinticuatro horas; fines de semana maratonianos para no dejar escapar ni un minuto de nuestra vida en común… Pero lo más cansado, con diferencia, es la lucha constante contra una misma.

¡Cuántas veces habré tenido ganas de dejarla llorar sola hasta que se le pase la rabieta!¡Cuántas veces no me habrá tentado la idea de ignorarla cuando hace algo que no me gusta o no considero correcto! Pero no puedo. De inmediato empieza a brotar dentro de mí el deseo de tranquilizarla, de devolverla a un estado de bienestar. Y me acerco, y le pregunto, e intervengo… y la cosa empeora; y me quiero morir porque no tengo herramientas para enfrentarme a la situación satisfactoriamente, porque todos mis demonios y complejos afloran; y, de repente, se me escapa una voz más alta que otra, un <<pues, si me pegas, me voy y ahí te quedas>>. Y otra vez la batalla interna, la que me dice que actúe con el corazón mientras el orgullo me empuja y me aleja. Y vuelvo, y me acerco, e intento devolverla a un estado de calma y nada parece funcionar. Es desesperante y me pone en un estado constante de terremoto interno que necesita de grandes dosis de auto-reflexión que en algunos momentos me parecen imposibles de aplicar. Y cuando pasa la tormenta y mi hija está entre mis brazos porque, al final, lo único que quería era ese contacto del que huye y al que recurre con la misma intensidad (ese “ni contigo ni sin ti” que comentaba antes), siento que la rabieta la he tenido yo. Yo que soy la adulta, que se supone que tengo tanta información y tantas claves; yo que me sé al dedillo toda la teoría; yo soy la que tiene la rabieta y me siento inmensamente estúpida con una sensación de pérdida de tiempo irrecuperable.

Esa es, para mí, la sombra de la crianza respetuosa: la lucha interna por la que pasamos los adultos. Para que luego digan que lo fácil es atender a las demandas de nuestros hijos siempre que lo piden en lugar de ignorarlos. ¡JA! Me río yo de eso, ¡lo difícil es ignorarlos cuando el corazón te pide amarlos incondicionalmente!


A lo que iba. No quiero tener más hijos porque bastante me cuesta sobrevivir a las necesidades de una hija como para hacer frente a las necesidades de dos o más. Admiro a quien se embarca en esa gran aventura pero, desafortunadamente, siento que no es para mí.

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17 pensamientos sobre “Crianza respetuosa: luces y sombras”

  1. Totalment identificada amb tu! (excepte amb lo de portar un altre cachorro de mamífer al món, cosa que m’encantaria poder tornar a fer)

  2. Me ha encantado! Estoy totalmente de acuerdo, sobretodo con las rabietas. A mi me encantaria tener otro, mi gran duda, es si algun dia lo tengo, si podre ofrecerle lo mismo que le he ofrecido a la primera, es decir mami 24/7…

    1. Hola Miriam,

      Sí, eso es algo que da mucho vértigo, el no saber si podrás atender a sus necesidades del mismo modo que has atendido las del primero y si podrás atender las necesidades del primero sin desatender las del segundo. Sé que se puede pero, chica, da vértigo igual 😉

      Un abrazo 🙂

  3. Parecen nos pensamientos, mis sensaciones…Ahora m alegro del único descuido q tuvimos y d q este aquí el segundo…tienen2y4 años y m siento tal como t describes, y lo q nos queda…xo m alegro xq ahora se tienen el uno al otro y poco a poco cd no puedo atender a sus demandas acuden entre ellos…a pesar d la lucha libre se entreve lo q empiezan a compartir…m gustaria ir a x la nena xo no m atrevo, a veces sueño q.tenemos.otro descuido…seria la única forma xq d forma consciente.no podria…en fin igual llega un momento q t sientes preparada o simplement t.lanzas al.vacio xq a veces cuanto mas lo piensas peor;)

  4. me encanta leerte, la verdad es como si hablases con mis propias palabras y experiencias… Y me hace reír de liberación, porque siento empoderamiento al leer que esas dudas o esos revolcones de estomago cuando algo no va bien no son solo míos, no soy yo que fallo o no sirvo, es lo que ocurre a veces, a mi y a cualquier ser humano y entonces la idea de que lo que hago merece la pena, que no estoy tan equivocada como a veces el mundo extraoliviano (olí es mi hija) me hace sentir mas en mi verdad.
    Gracias por compartirlo y expresar tan bien esos sentimiento ambiguos en este camino de la crianza respetuosa y con apego

    1. Hola Rosa,

      Muchas gracias a ti por leerme y gracias por compartir tu sentir, vosotras también me hacéis sentir acompañada en este camino de aventura que es la crianza respetuosa.

      Un abrazo 🙂

  5. Me ha encantado tu relato, desde luego que es agotador, en nuestro caso si es posible tendremos más, pero sólo si podemos atender sus necesidades; sino estoy contigo…

    1. Hola Araceli,

      Supongo que criar desde el respeto tiene también un punto de realismo y responsabilidad que hacen que ir a por el segundo muchas veces dé un vértigo casi insuperable.

      Si es lo que deseáis, ¡adelante! Ya sabemos que por muy cansado que sea, tener hijos es la mayor de las felicidades.

      Un abrazo 🙂

  6. Pues sí, la crianza con apego es maravillosa pero tremendamente demandante. Yo nunca de la vida dejaría llorar a mis hijos pero «entiendo» que haya gente que en su desesperación flaquee y lo haga porque realmente hay momentos muy duros y no todo el mundo está preparado/capacitado para afrontar sus demonios como dices, incluso ni por sus propios hijos.

    Nosotros sí queremos atrevernos con el segundo.

    Un abrazo.

    1. Hola Mama Gardenia,

      Está claro que nosotras podemos con esto y con mucho más, sino nadie tendría más de uno jejeje

      Adelante a por el segundo, ya nos contarás qué tal 😉

      Un abrazo 🙂

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