El problema lo tienes tú

Hoy no vengo a hacer una de esas disertaciones que me salen a menudo aunque mi intención no sea la de extenderme (lo siento, no tengo el don de la síntesis y todo me parece importante), simplemente, vengo a lanzar una pequeña reflexión y es que, queridos/as, como en otras tantas circunstancias de la vida, cuando hablamos de rabietas y cuando nos enfrentamos a ellas, el problema lo tenemos nosotros, los adultos.

Sea cuál sea tu estilo de crianza (si es que eso existe), sean cuales sean tus convicciones a la hora de relacionarte con tu hijo, seas adultocentrista o hayas decidido dejarte guiar por las necesidades de tu pequeño, hay algo frente a lo que siempre sentirás que careces de herramientas para solucionar: las rabietas.

Que sí, que a mí también me chirría la palabra “rabieta”. Que no, que no me gusta utilizarla y que no me gusta cuando oigo por ahí que tal niño tiene un “churrete”, capricho o váyase a saber la palabreja de turno que se utiliza. Pero como nuestra lengua es caprichosa y decir “momento de frustración no resuelto” o “estado de ánimo confuso que perturba al menor” se me antoja demasiado largo; pues no me queda otra, utilizaré la palabra “rabieta” porque seguro que eso todo el mundo lo entiende a la primera.

¿Te suena?

Tu hijo de dos años y medio al que no tienes por costumbre negarle las cosas por sistema o porque sí (salvo que esas cosas supongan un peligro para la salud y/o la integridad física del pequeño y/o de cualquier otra persona), de repente, te pide algo que no puedes concederle y pasa de un estado de calma y felicidad a romper a llorar a voz en grito, sin discriminar el lugar en el que estáis, y completamente ofuscado e incapaz de detenerse a escuchar… inconsolable, incontrolable.

Pasas por distintos estados e intentas distintas estrategias. Empiezas recordando bien toda la teoría respetuosa que te sabes de pe a pa; tratas de empatizar y hacerle ver que le comprendes (“te apetecía mucho jugar con esto y estás muy enfadado porque no te lo dejo pero puedes lastimarte y no te lo puedo dar”); juegas la carta de la ternura con abrazos, besos y caricias –que, seguramente, tu hijo rechace de malos modos-; continúas intentando no elevar la voz; das un golpe bajo para ver si consigues desviar su atención (“¡Mira!¡Un bichito!”); intentas hablarle y que te escuche, y, sin saber cómo ni por qué, te sorprendes exclamando un “¡Bueno, ya está bien! No me puedo creer el pollo que me estás montando” que no sólo te rompe por dentro porque jamás hubieras querido decir algo así y luchas contra ti misma a diario para eliminar esa forma de relacionarte de tu repertorio, sino que, además, eres absolutamente consciente de que lejos de captar la atención de tu pequeño y poner fin al tsunami… lo acabas de empeorar y mucho.

Te vas poniendo de mil colores diferentes. Tú, que sabes que lo que está reclamando tu hijo es percibido como algo realmente importante para él y de ahí su reacción; que no crees en teorías de manipuladores y/o tiranos de medio metro; que sabes que con el tiempo terminará entendiéndolo y que sabes que nada y mucho de lo que ocurra en el futuro depende de lo que hagas tú con amor y respeto en este instante. Tú, que te sabes toda la teoría, te encuentras de repente sin armas para afrontar el momento y vas cayendo en un error tras otro hasta terminar con tu hijo desconsolado llorando sobre tu hombro, con un nudo en el estómago y una sensación horrible que no conseguirás quitarte en horas.

El problema lo tienes tú

En primer lugar, quiero dejar muy claro que esta no es una teoría de la culpa materna/paterna. Ésta no es una de esas teorías que dicen que todo lo malo que te ocurre o que ocurrirá en tus relaciones y/o las relaciones de tus hijos son culpa de tu madre (o padre) o culpa tuya. Ni hablar, basta de culpas.

Y lo lamento profundamente pero no tengo una fórmula mágica para ayudarte a hacer frente a estas situaciones que aparecen en nuestro camino a diario. No tengo una frase desactivadora de rabietas. No tengo un truco para evitar el tsunami de emociones en que se convierte tu hijo cuando el querer ser mayor, sumado a lo difícil que es asumir que ya no es tan bebé, más la frustración que le acompaña a menudo a esta edad, le pasan factura. Yo también paso por ello a diario, yo también paso un buen rato post-rabieta con las pulsaciones a mil por hora, con el estómago revuelto y con la conciencia en modo centrifugadora dándole vueltas a qué ha ocurrido, cómo ha ocurrido, cómo he actuado, cómo creo que tendría que haber actuado y cómo puede ser que en ese momento me vuelva tan primitiva que no alcanzo a razonar conmigo misma.

De lo que sí soy consciente es que el problema lo tengo yo. Cuando mi hija se pone en modo súperguerrer de l’espai (en modo Goku desbocado para que me entendáis todos/as) y no me escucha -le hable cómo le hable-, y me aparta, y sólo me dice “¡NOOO!¡QUE NOOO!”, la que tendría que guardar la compostura y aceptar que su conflicto no es conmigo sino consigo misma, soy yo. Pero me cuesta, se me hace una montaña imposible de escalar. Y lo intento, juro que lo intento. Y reflexiono. Y pienso en cómo podría hacerlo mejor. Y vuelvo a caer. Una y otra vez. Una y otra vez. Y me fustigo y me auto-consuelo pensando que saber que necesito mejorar algo ya es empezar a cambiarlo.

Lo que nunca pierdo de vista es tratar de ser sincera conmigo misma. Sé que muchas veces, en pleno apogeo de la rabieta, no puedo evitar mirar alrededor y que me afecte el qué dirán. Sí, yo que escribo lo que me sale del coco cuando me sale del coco y cómo me sale del coco; yo, que, a pesar de saberme criticada y víctima de teorías catastrofistas sobre la futura dependencia de mi hija a la que no voy a poderme quitar de encima jamás (¡?), he hecho, hago y haré siempre lo que considere oportuno con la crianza de mi pequeña, resulta que por un instante me ofusco y le doy importancia a esa gente que, posiblemente, ni siquiera me esté juzgando.

Cuando haces algo que no consideras correcto sabiendo cómo hacerlo mejor te sientes juzgada aunque la otra parte ni siquiera tenga una opinión al respecto. Por eso, el problema, como adulta que soy, lo tengo yo. Por eso, el que tiene un problema cuando se ve incapaz de gestionar una rabieta, eres tú. A tu hijo se le pasará, antes o después se le pasará; eres tú quien se quedará con esa sensación de ahogo en el pecho, con esa sensación de impotencia.


En definitiva, el motivo de este post no es el de dar ninguna lección para abordar las rabietas respetuosamente sino, simplemente, tratar de tenderte una mano y decirte que a todos nos pasa y que todos tratamos de hacerlo lo mejor posible; que es muy fácil caer en la rabieta de adulto; que necesita un gran trabajo personal huir de las luchas de poder absurdas; que es tentador entrar en un bucle del que es difícil salir de una forma respetuosa para todos y que ser consciente de tus limitaciones es el primer paso para liberar a tu hijo de cargar con ellas.

¡Venga que podemos!¡Ánimo que pasará!

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5 pensamientos sobre “El problema lo tienes tú”

  1. Uf has descrito el quid de la cuestión. Cuando sabes lo que hay que hacer pero no lo aplicas en determinado momento sientes que no has actuado bien,haces autocritica a ti mismo y esa frustración de un cerebro en desarrollo se convierte en un dramon de cerebro adulto.nuestra amígdala también explota y es lo que hace que esas miradas de reojo importen sin importar. De todo se aprende,y es otra forma de progresar,avanzar ( ahí te das cuenta de que son dos cerebros los que están madurando jeje).

    1. Hola Almudena,

      Tú lo has explicado, sin duda, muchísimo mejor. Nuestros comportamientos más primitivos salen a flote por mucha teoría que tenga interiorizada nuestro cerebro más avanzado. Lo más difícil, para mí, es encauzar esa reacción explosiva y aferrarme a mi parte más racional. Es todo un trabajo y no es sencillo.

      La verdad que lo que siento es que, al final, acabamos las dos con una rabieta o «pelotera» de narices y perdemos mucho tiempo que podríamos aprovechar para cosas más productivas como, por ejemplo, sonreír. Ambas estamos en construcción 🙂

      Un abrazo 🙂

  2. Tienes toda la razón, los adultos somos los del problema. Afortunadamente yo tengo una observadora, que es la que siempre me hace aterrizar; mi hija Valeria (11 años). Cuando su hermanito de 32 meses entra en un «momento de frustración, no resuelto) como bien dices y yo empiezo con una «rabieta», aparece ella y me dice «estas gritando y solo haces que él llore aun más, dámelo y tu relájate». El método que ella utiliza para calmar a su hermanito es que le inventa una historia, sobre lo que esta sucediendo «Había una vez un osito que quería hacer tal cosa, pero su mamá osa le explico que no podía porque es peligroso y entonces ¡PUM! y se deja caer al suelo, da marometas, corre rápido y muchas cosas así para que su hermanito se calme y comprenda porque no puede hacer, comer, etc… y lo mejor es que nos hace reír mucho y nos calma a los dos. Yo le agradezco tanto que sea mi hija, pero a veces pienso que su hermanito se lo agradece mucho mas.
    Un abrazo y gracias por compartirnos tu experiencia.

    1. ¡Uau, Karla! Qué maravillosa experiencia y que hija tan tan tan estupenda que tienes. Sois realmente muy afortunados de teneros los tres porque, seguramente, por mucho que tú intentaras hacer lo mismo que Valeria no te resultaría. Al menos a mí me pasa, lo que al papá le funciona, cuando soy yo quien lo intento la situación empeora en un 80% de las veces 😛 Cada uno con su papel <3

      Un abrazo 🙂

      1. Si Laura, cada quien su personaje y sabes que es lo más interesante de todo esto, que todo lo que mi hija sabe, sobre manejo respetuoso de emociones, ser empático, acompañar en lugar de juzgar, etc… se lo he enseñado yo, y ella lo aplica de manera tan natural, sin problemas, y entonces pienso, «porque a mi, me cuesta tanto trabajo, si la que tiene TODA la teoría soy yo» sera cierto es de que entre más años cumplimos, el corazón se va haciendo más pequeño.

        Que gustazo conocerte, un abrazo!!

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