¡La madre que te pegó!

Que las redes sociales dan mucho de sí, no es un secreto para nadie. Gracias a ellas se puede contactar con personas desconocidas -o conocidas- afines a la forma de entender la vida de uno; se puede descubrir gente interesantísima que no hubiera llegado a ti por ningún otro canal de comunicación convencional; se puede ampliar el círculo social sabiendo que en cada ciudad tienes a alguien a quién visitar e invitar a un café (puede que la cosa no dé para más, pero que nos quiten lo bailao’); se puede compartir, en cuestión de segundos, algo que nos ha parecido interesante, indignante, emocionante o, simplemente, gracioso y hacerlo llegar a decenas de personas de una vez; en fin, soy de las que creo que las redes sociales acercan más de lo que alejan –no en vano, muchas/os llegáis a mí a través de ellas- aunque también puedes descubrir personalidades y gustos atroces en personas allegadas que desconocías.

Como podéis imaginar por la temática que suelo abordar en el blog, ando metida en varios grupos sobre crianza natural y respetuosa pero, como no sólo de pan vive el hombre, también participo en otra clase de grupos. Últimamente, los que más captan mi atención son los que tratan sobre literatura en general y sobre literatura infantil en particular. Y, claro, en estos grupos tan genéricos una no entra esperando encontrar a semejantes sino que entra esperando encontrar mucha información dispar y quedarse con la que considera más adecuada para sí.

Es evidente que en grupos tan grandes sobre algo tan genérico como puede ser la literatura infantil, vas a encontrarte con personalidades y gustos muy dispares a los tuyos y por ello cuando algún cuento no me parece adecuado o la intención “educativa” con que se habla de un libro no va conmigo, pues a otra cosa mariposa y si te he visto no me acuerdo. No, no me gustan los cuentos que “enseñan” a dejar el pañal, ni los cuentos que “enseñan” que hay que disfrutar del colegio, ni los cuentos que “enseñan” que hay que portarse bien para que los demás te valoren por muy respetuosos que todos ellos sean (que los hay, creo); vaya, que no me gustan los libros que enseñan, adiestran y/o adoctrinan. Por ello, cuando aparecen ese tipo de publicaciones hago caso omiso o leo, creo mi opinión y descarto, e incluso, si el hilo da pie a ello, puedo dar mi opinión razonada, justificada y, por supuesto, medida para que nadie pueda sentirse juzgado.

El libro de la discordia

Hasta aquí todo bien. Hay cosas con las que no te identificas y listo, es parte de la maravillosa diversidad que nos identifica como especie. Sin embargo, ayer saltó la polémica por un título en particular: Un culete independiente de El Barco de Vapor. Os pongo en antecedentes y resumo: Pompeyo es un niño muy malo cuyo culo decide abandonarle harto de recibir tantos azotes; no tener culo trae muchos problemas a Pompeyo quien finalmente entiende que es mejor portarse bien. ¡Toma ya!

Y pensaréis <<¿Y qué?>>. Pues bien, muchas fuimos las que nos escandalizamos por el mensaje que transmite ese libro y la normalización de la violencia que en él se hace pero hubo otras muchas voces que no sólo defendían lo adecuado de su lectura en el colegio y lo gracioso y simpático que les resultaba el libro, sino que además abogaban por el cachete como <<último recurso>> que en muchos casos resulta <<necesario>> e <<inevitable>>. Como era de esperar, se armó el debate.

Lo más duro de escuchar (en este caso, leer) el discurso a favor del cachete, no es el hecho de que se defienda la libertad de ponerle la mano encima a nuestros hijos, lo más duro es que ese discurso venga de gente muy joven y que en el peor de los casos también son madres/padres. Lo más duro es que ese discurso venga de gente que no ha tenido que salir a trabajar desde muy joven para poder comer sino que es gente que viene de la generación mejor preparada y que vive en el momento de más fácil, y libre, acceso a la información de toda la Historia. Lo más duro es que se sigue repitiendo la perorata de <<a mí me pegaron alguna que otra vez y no tengo ningún trauma por ello>>. Lo más duro es que se dice que <<hay niños que se lo merecen y es la única forma de hacerles entender>>. Lo más duro es que se dice que <<no hay que pegarles como algo habitual pero un cachete a tiempo…>>. Lo más duro es que creo que será mejor que lo deje aquí.

<<A mí me pegaron y no tengo ningún trauma por ello>>

Está bien, a mí también me cayó algún capón (pocos, creo que en una mano me sobrarían dedos) y no estoy traumatizada por ello. No odio a mis padres ni he desarrollado un extraño complejo freudiano por un cachete. No percibo la violencia como algo normal o sin importancia, ni he aprendido a resolver mis problemas a los golpes; es más, si os sirve de algo, y si sirve como mini-punto a favor de mis padres y de la educación recibida: nunca, JAMÁS, le he puesto la mano encima a nadie y nunca me he peleado agriamente; cuando alguien no me ha interesado me he dado media vuelta y que piensen lo que quieran.

No, no estoy traumatizada si entendemos el tener un trauma como ir a un lugar concurrido y liarme a katanazos como si no hubiera un mañana. Pero todos los que habéis recibido algún golpe (hablo de golpes fortuitos o “flojos” no de palizas o malos tratos flagrantes –aunque considero que no hay golpe flojo-, que conozco casos por desgracia), decidme: ¿Si pudierais volver el tiempo atrás, no preferiríais que vuestros padres cambiaran ese golpe por un beso o un abrazo? Me temo que la respuesta es un rotundo SÍ.

Se leen por ahí cantidad de opiniones que dicen algo así como <<pues yo agradezco que me dieran algún bofetón porque hoy no sería quién soy>>. Y en eso estamos absolutamente de acuerdo: si no nos hubieran pegado nunca no seríamos quiénes somos; probablemente seríamos más felices, más seguros, más tranquilos, más asertivos, más empáticos, más resolutivos y tendríamos más herramientas a la hora de enfrentar y canalizar nuestras emociones. Probablemente, muchos de nosotros no tendríamos que experimentar el duro trabajo de introspección personal que sufrimos cuando devenimos padres y nos vemos reflejados en nuestros pequeños. Probablemente, muchos de nosotros, que cuando somos padres sentimos que jamás permitiríamos que nadie le hiciera daño a nuestros cachorros y, mucho menos que nadie, nosotros mismos, no tendríamos que pasar por el duelo emocional que supone que a uno sí le hayan golpeado las personas que se supone que más le quieren y le van a querer en el mundo.

Si nunca nos hubieran pegado, ni mucho ni poco -¿quién puede medirlo?¿cómo se mide eso? ¿dónde termina el cachete y dónde empieza el maltrato?-, no tendríamos que buscar dentro de nosotros mismos tan profundamente que tuviéramos que reconectarnos con nuestros padres, comprenderles, valorar sus propias carencias, su falta de recursos, sus limitaciones y sus bagajes y, por supuesto: PERDONARLES.

¿Estás seguro/a de que no tienes ningún trauma?

Como ya he dicho, a mí me cayó algún golpe en ocasiones muy contadas por lo que no soy de esas personas que recibieron el cachete como pan de cada día o parte habitual de la educación familiar. Así que no, no considero que a mí se me haya pegado como recurso y no tengo a mis padres por personas “pegonas”. De todas formas, creo que es absolutamente necesario que comparta mi experiencia como ejemplo de todo lo expuesto con anterioridad.

Que la memoria es selectiva todos lo sabemos. Que, por desgracia, las cosas malas quedan grabadas en nuestro recuerdo con más fuerza que las buenas, tampoco es un dato que se le escape a nadie. Por ello, aunque en mi caso los golpes fueron contados, en mi memoria han permanecido nítidos hasta hoy. De hecho, recuerdo perfectamente dos de las poquísimas veces que me dieron un cachete: en la primera vez que recuerdo, mi madre me soltó una galleta por contestona y recuerdo perfectamente la escena en la que le contestaba repetidamente con aire desafiante; en la segunda que recuerdo, mi padre me soltó otra galleta porque no me quería vestir y a la milésima de segundo estaba llorando como un poseso y pidiéndome perdón, él (fue la primera y la última vez que lo hizo).

Que quiero decir con esto, pues que tengo treinta y un años (¡!) y guardo esos recuerdos con una nitidez pasmosa. ¿De verdad seguís pensando que no tenéis ningún trauma?¿Acaso no tenéis algún recuerdo parecido a los míos?¿Y por qué creéis que recordáis esos momentos y no cualquier otro colmado de abrazos y besos? Pues porque esos momento hieren, y las heridas emocionales son muy difíciles de cicatrizar y quedan abiertas durante años o durante toda una vida si no se trabaja en ellas; y aun trabajando duro en ellas son tremendamente difíciles de sanar.

Ese niño lo que necesita es una buena hostia

¡Qué fácil es hablar de los hijos de los demás, eh! ¡Qué fácil es hablar de los hijos de los demás… cuando no tienes hijos!

Antes de tener hijos y antes de tener intención de tenerlos, los niños me daban más bien grimita. Ya lo he contado alguna vez. Yo era fan de SuperNanny. ¡De SuperNanny!… ¡¡¡YO!!! Y aunque la Ramos-Paúl no defiende el cachete (o yo no la he oído nunca haciéndolo), yo sí era de ésas que pensaba (y estaba firmemente convencida) que un cachete fortuito a tiempo podía enderezar vidas (juro que se me revuelven las tripas escribiendo esto). Por eso, cuando alguien que no tiene hijos defiende posturas cómo éstas, no es que no tenga en consideración su opinión (nunca me gustó eso de <<¿qué sabrás tú de niños!>> o <<cuando seas padre comerás huevos>> -por cierto, nunca había comido tan pocos huevos como ahora-) pero sí que, mentalmente, les excuso un poco.

Considero por mi propia experiencia que convertirse en padre/madre es la experiencia más transformadora, de más autoconocimiento y más completa por la que puede pasar un ser humano. Por ello, cuando comentarios de este tipo salen de personas con hijos, me duele tanto, me indigna tanto, me hierve, me cabrea, me revela… no lo puedo comprender. Me niego a comprender.

Pensad en toda la violencia que se ejerce contra los niños (amenazas, mentiras, manipulación, chantajes, golpes, humillación, ridiculización, quitar importancia a “sus cosas”, etcétera) y cambiad la palabra “niño” por la palabra “mujer” o por “anciano” o por “inmigrante” o por “ti mismo”, ¿todavía te parece aceptable?

 

Al final, creo que todo se reduce a un solo planteamiento y, si el egocentrismo es la clave para abrir los ojos, que así sea: A ti, ¿te gusta que te peguen? A ellos, tampoco.

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