No te confíes (Mi primera obstrucción)

<<No te confíes>>, eso es lo que me digo ahora. A estas alturas de la película, con más de veinticinco meses de exitosa -aunque no siempre plácida- lactancia, cuando ya pensaba que lo tenía todo bajo control y que poco más podría sorprenderme, hace unas dos semanas descubrí que aún tengo mucho por experimentar y mucho que aprender de ello.

Después de haber pasado por el tsunami inicial que supuso la irritación de los pezones con una criatura que estaba aprendiendo a mamar al mismo tiempo que yo estaba aprendiendo a amamantar con los lagrimones como puños cayéndome por las mejillas y el Purelan en el bolsillo; haber salido triunfante de la ardua tarea que supone corregir una mala postura del bebé; haber dejado atrás la estimulación de un pecho porque mi bebé sólo quería mamar del otro; haber dejado atrás la estimulación del otro pecho porque ahora mi bebé sólo quería mamar del “uno”; haber salido airosa de las interminables crisis de crecimiento que mi bebé fue encadenando desde la primera semana de vida hasta aproximadamente los 9/12 meses; después de haber acallado con pruebas malos consejos con muy mala uva; haber conseguido con éxito una lactancia exclusiva hasta más allá de los seis meses; haber superado, sin perjuicio para la lactancia, la introducción de la alimentación complementaria con toda la presión que el entorno ejerce durante esta etapa; haber sobrevivido a noches enteras (aún hoy) con la columna en “rompan filas” por posturas imposibles con un bebé pegado al pezón sin tregua; haber conseguido, tras muchos meses e innumerables explicaciones, que la sintonización del pezón sea menos frecuente y molesta; después de haber superado todas y cada una de las nuevas piezas dentales de mi bebé cuya aparición le supone empezar casi de cero en eso de poner la boca correctamente y no dejarme el pezón “de pana”… Después de todos esos contratiempos que no empañan en absoluto lo maravillosa que es nuestra lactancia (veinticinco meses y sumando es la prueba de que nos gusta a ambas), resulta que el otro día tuve una obstrucción mamaria; y resulta que el otro día, todas mis seguridades se tambalearon por un momento y sentí miedo, otra vez.

Mi primera obstrucción mamaria… y espero que la última

Hace un par de domingos, nos levantamos, desayunamos y nos pusimos a jugar como siempre, en familia. La verdad es que no noté nada raro, pero a media mañana empecé a sentir una tirantez extraña en el pecho izquierdo. No le di demasiada importancia pero con el paso de las horas esa tirantez se iba convirtiendo en un bulto duro y muy feo que producía un dolor punzante y muy desagradable.

Como información no me falta, en seguida le pedí a mi hija que mamara de ese pecho pero no tardé en darme cuenta de que, aunque ella seguía succionando, de ahí no salía nada. Calenté un bote con agua y empecé a colocarme gasas calientes sobre el bulto, pero nada, yo ordeñaba y ordeñaba y de ahí no salía nada, y eso era lo que realmente me tenía preocupada y no el dolor. Mi hija seguía colaborando en el intento de extracción sin éxito y el dolor era espantoso.

Hacía unas semanas que le había prestado mi Un regalo para toda la vida de C. González a una amiga que está embarazada. Éste ha sido mi libro de cabecera durante meses y, sin duda, he seguido acudiendo a él con asiduidad durante todo este tiempo, por ello cuando fui a buscarlo y recordé que lo había prestado, una sensación de desamparo se apoderó de mí. Por suerte, y es paradójico que precisamente alguien que sueña con vivir de la pluma diga esto, el libro puede encontrarse fácilmente en la red de forma gratuita, así que enseguida corrí a consultarlo para reafirmar que todo aquello que estaba haciendo era lo correcto.

Me fui a la cama sabiendo que poco más podía hacer y que si a la mañana siguiente la cosa no había mejorado, me tocaría acudir al centro médico o buscar desesperadamente a una asesora de lactancia disponible por mi zona. Llamé al centro de salud para preguntar las horas de visita de la comadrona por ser lo más “accesible” en caso de no localizar a ninguna asesora y así me fui a dormir, con un gran dolor en el pecho y con un gran miedo en la mente. No podía creer que después de tantísimo tiempo, después de tanto empoderamiento, después de tanta seguridad en mí misma y en mis capacidades, volviera a sobrevolar mi cabeza el destete no-deseado. Puede que suene exagerado pero la lactancia es algo tan importante para mí, es tan importante para mí que mi hija se destete cuando ELLA esté preparada que la simple idea de tener que forzar la situación me parte en dos y me hace profundamente infeliz.

Una vez más, jugó a nuestro favor el bendito colecho, y ya van… ni idea, imposible llevar la cuenta. Gracias a que dormimos juntas, mi pequeña estuvo toda la noche “haciendo faena” y me levanté fresca como una lechuga y con el pecho completamente limpio de cualquier bulto; la leche fluía de mi pezón con facilidad y a chorro, como siempre. No os podéis ni imaginar la alegría tan inmensa que sentí al despertarme libre de cualquier dolor y, sobre todo, libre de la obstrucción (le tenía pánico a una posible mastitis). Durante todo aquel lunes, me acompañó un leve dolor superficial provocado por tanto manosearme el pecho la tarde anterior (a veces un poco a lo bestia, lo reconozco) pero nada más, afortunadamente. Por la noche me di cuenta que tenía algo que parecía un principio de perla de leche (una bolita blanca de leche dura que se forma en el pezón y que es signo de obstrucción de un conducto) pero, aunque me molestaba un poco al tocarlo, no le di más importancia porque mi pezón “trabajaba” correctamente. Con el paso de los días, esa perla también desapareció y nuestra lactancia sigue siendo tan maravillosa como antes de este susto. Aún a día de hoy me pregunto qué pudo haber provocado la obstrucción sin hallar respuesta, pero después de la experiencia creo que estaré mejor preparada si tengo que volver a enfrentarme a ella… aunque espero no tener que comprobarlo.

 

Esta ha sido mi experiencia y, afortunadamente, no tuve que acudir a ningún profesional sanitario porque la obstrucción remitió rápidamente gracias a la gran labor de mi hija y supongo que gracias también a la aplicación de calor y a mis intentos de extracción. Lo que sí tengo claro es que gran parte de mis miedos estaban provocados por la certeza de que en temas de lactancia (y más con una lactancia de veinticinco meses) no se puede contar con el personal médico del centro de salud y me producía ansiedad tener que buscar una asesora de lactancia que pudiera echarme un cable con la urgencia que necesitan estas cosas. Así que, como siempre, lo más importante es contar con una buena información y mantener la calma (aunque que yo diga esto es terrible puesto que soy la persona que menos mantiene la calma del mundo mundial :P).

¿Habéis sufrido alguna obstrucción? ¿Cómo lo solucionasteis? ¿Alguna vez habéis pasado por una mastitis? ¿A quién acudisteis? Me encantaría conocer vuestros casos porque creo que podrían ayudar a muchas otras mujeres. No en vano, lo primero que hice cuando me percaté de la obstrucción fue consultar la blogosfera maternal.

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