Rol de género y estereotipos: ¿nacemos o nos hacemos?

Ayer fue el cumpleaños de una de las compañeritas de guardería de mi hija. Concretamente, fue el cumpleaños de su súper-más-mejor amiga, de su uña, de su Pili, de su culo… ya sabéis por dónde voy.

Cuando hay un cumpleaños en clase, nos piden a los papás que alguno de nosotros intente estar un ratito en la celebración con los compañeros, por eso los días de cumpleaños, a media mañana, se llena el grupo de Whatsapp de fotos de nuestros retoños celebrando la vida de su compañero/a. Y ayer, uno de esos mensajes en el móvil se dirigía directamente a mí: <<Laura, Pepita ha querido que le pintaran los ojos y luego Menganita me lo ha pedido también. ¡No sé de dónde me ha salido tan presumida!>>. Bueno, pues como ya habréis adivinado, Menganita es mi hija y no, yo tampoco sé de dónde ha salido tan presumida. Es más, mi respuesta fue la siguiente: <<Vaya tela con las princesitas… yo que quiero una pirata…>>. Yo no me maquillo casi nunca y mucho menos los días de diario, así que la teoría de la imitación hace aguas por todas partes. Después pensé: es muy probable que los niños también hayan querido pintarse; la cuestión no es pintarse los ojos, la cuestión es pintarse dónde sea, lo que sea.

Al comentárselo a mi chico, me dijo que él cree que el gusto o el interés por determinadas actividades las traemos escritas en nuestro ADN. Algo así como que hay cosas que las chicas hacen porque son chicas y cosas que los chicos hacen porque son chicos. Pero yo no estoy nada de acuerdo con esa teoría. Yo estoy profundamente convencida de que la influencia de los factores externos (conscientes y, sobre todo, inconscientes) a la hora de decantarse hacia unas aficiones u otras es lo que realmente nos termina moldeando, pero creo que estamos “hechos” intrínsecamente igual.

Me explico. Si bien sé que genéticamente el hombre y la mujer son distintos -de más está decir que las diferencias físicas son un hecho e influyen mucho en esa distinción- y que al explotar más distintas zonas de nuestro cerebro nos comportamos o interpretamos nuestras emociones de formas también diferentes, también creo que los roles de género y sus estereotipos son algo impuesto y totalmente evitable.

Soy consciente de que muchas niñas se sentirán más atraídas por el dibujo y la pintura que por los coches. De hecho cuando suben vídeos de la guardería en los que han estado jugando con cochecitos, no es difícil ver a mi hija rotulador en mano decorando el cartón-circuito. Y sí, nosotros le hemos comprado cochecitos pero, la verdad, no le interesan demasiado. Por otro lado, veo continuamente como a los niños es más difícil “convencerlos” para sentarse a pintar que a las niñas. Así que algo diferentes sí somos, afortunadamente.

Ahora, mi lucha personal contra los roles adquiridos y los estereotipos no va, por supuesto, contra lo que eligen los niños por sí mismos, faltaría más. Si mi hija tiene delante un furgón de policía azul y una camioneta de Barbie, y ella elige la camioneta, pues chitón y se acabó. Pero si mi hija está con un niño y llega un adulto a meter mano y le da la camioneta a mi hija y el furgón al niño, pues ahí sí, me sube la bilirrubina.

Precisamente a eso me refiero, a la intervención de los adultos a la hora de definir las identidades de los niños. Los adultos no nos damos cuenta, pero bombardeamos a nuestros cachorros con infinidad de mensajes que influyen en el desarrollo de su identidad: la publicidad, la ropa que les ponemos, los juguetes que les damos, las actitudes que tomamos frente a ellos y frente a nosotros mismos.

Estereotipos que me enervan

No hace mucho, vi como una mamá denunciaba en las redes sociales que había encontrado en un supermercado de una conocida cadena, unas cajitas de estas con porquerías: una para niñas (toda rosa y con la cantante para niños de turno) y una para niños (con la imagen de un superhéroe). No tendría más importancia si no fuera porque en la etiqueta del precio del lineal se distinguía entre <<Cajita regalo niña «y el nombre de la cantante»>> y <<Cajita regalo niño Spiderman>>. Con la edad que tiene mi hija, dos años, no sería ningún drama identitario, básicamente porque no sabe leer y elige lo que le da la gana (aunque evito todo lo que puedo que esas porquerías lleguen a sus manos), pero si eso lo ve un niño o una niña de cinco o seis años –que lo leen todo- y resulta que lo que ellos elegirían no se corresponde con lo que ellos “son” pues ahí ya tenemos un dilema que si verbalizan y sabemos abordarlo nos puede servir para liberarlos de ésta y de muchas, pero que si se callan e interiorizan en silencio irá erosionándoles por dentro hasta deformarlos.

El tema de la ropa es terrible. No es que yo no quiera vestir a mi hija con ropa rosa, es que quiero vestirla con algo más que colores rosa princesa, lazos, pompones imposibles en la cabeza y vestidos incomodísimos (los vestidos para bebés que no caminan tendrían que abolirse pero YA). Y diréis, ¿cómo puede influirle a un bebé de días o semanas el vestirle de rosa o azul? Pues posiblemente al bebé no mucho (aunque no me atrevo a descartarlo), pero al primito de dos o tres años, al hijo del vecino de cinco y a la hija de tu amiga de diez, les estás dando un mensaje clarísimo.

Otro momentazo que me hace rasgar las vestiduras es el que consiste en abrir un catálogo de juguetes: niños apretando tuercas en un mini-taller y niñas preparando deliciosos cupcakes de plástico en sus mini-cocinas; niños arrastrando simpáticos camiones con ojos y niñas empujando sillitas de paseo con sus respectivas muñecas; niños en mini-porterías con su balón en los pies y niñas sonrientes con su mini-centro de planchado… Mejor lo dejo porque me va a dar un infarto. Que yo no digo que las niñas no disfruten jugando a esas cosas (a lo de planchar no me lo creo, no conozco a nadie que le guste planchar) o que los niños no estén siempre dispuestos a llenarse de grasa en un taller; no, lo que yo digo es que a los niños también les encanta jugar con muñecas y a las niñas les encanta hacerse el mecánico de vez en cuando porque están viviendo las mismas etapas. Y ahí vuelvo a lo de siempre: hay que dejarles elegir, y no entre las opciones que nos gusten a nosotros sino entre todas las opciones que hay en el mercado.

Por último, quiero abordar el aspecto que me parece más influyente y en el que menos reparamos: el lenguaje. Por ejemplo, ya me perdonaréis pero detesto que a mi hija la llamen princesa y ya no sé si lo hacen porque no se dan cuenta o ya lo hacen por joder molestar. Sé que es algo generalizado llamar princesas a las niñas y machotes a los niños y que se dice con mucho cariño y por ello no tiene nada de malo, pero a mí no me gustan sus connotaciones, me parece incorrecto. Sí, me hierve la sangre, me molesta, me escuece, me duele. Y me duele porque si yo la llamo princesa (que ni se me ocurre) estoy pensando en una guerrera como Mérida (Brave), en una resolutiva Leia (Star Wars) o en una pedazo de Xena de tres pares de narices; en cambio, sé que, desgraciadamente, las princesas que abundan en bocas de otros son Cenicientas, Blancanieves o Sofías que esperan que la felicidad llegue con su príncipe, amorosas porque sí, que no conocen la ira, rosas, cursis, enclenques, dependientes, débiles, sumisas… básicamente lo que se nos viene a la cabeza cuando pensamos en princesas. Y no, eso no lo quiero para mi hija. Puede que sea cierto eso de que pasan una fase princesil inevitable pero será a pesar de mí. Si ella me pide un tutú moveré cielo y tierra para encontrarle el más bonito y cursi que exista pero no seré yo quien se lo enseñe por primera vez. Yo seré la primera en ponerle un libro en la mano pero no en decirle qué o quién es ella.

 

Podría pasarme horas desmontando estereotipos y roles adquiridos, precisamente porque yo soy de ésas a quienes llamaban machorros porque hubiera preferido jugar a fútbol que a voleibol (que nunca me hizo feliz, por cierto); porque soy de esas que jugaba a pressing catch con los muñecos y el ring de mi hermano y después se iba a hacer burbujas (o intentarlo) con el Palacio Fantasy de Barbie; porque soy de esas que jamás quiso jugar a luchar o tirarse piedras en el recreo (sí sí, las/los muy garrulas/os se tiraban piedras, y a mala uva eh) y prefería quedarme sentada en un banco de cháchara con otra cotorrilla pero que llegaba a casa y se sentaba frente a la tele a ver entusiasmada el partido de Champions. Porque yo he remado muchas veces a contracorriente por ser quién soy y muchas veces me ha quedado ese rumor en la conciencia que me hacía dudar de si lo que hacía estaba bien o no, o si era “normal”, precisamente por eso tengo claro lo que quiero para mi hija: un mundo libre de cadenas de todo tipo pero, sobre todo, de cadenas de género.

Y, a vosotras/os, ¿qué os molesta que les «impogan» a vuestros/as hijos/as?

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6 pensamientos sobre “Rol de género y estereotipos: ¿nacemos o nos hacemos?”

  1. Comparto totalmente todo lo que dices.
    Pero hay un factor muy importante: la crueldad que existe en ciertas personas al referirse a los niños si hacen algo que no es lo normal.
    Yo he escuchado decir: «deja esa muñeca que eso es de mariquitas» a un crío de 4
    ó 5 años.
    Y claro, si tú estás delante rápidamente intervienes. Pero y si ese comentario se lo hace por ejemplo otro niño en su clase?
    No quiero ni pensar lo que puede marcarle en su personalidad y su autoestima.
    Y no porque sea mala la homosexualidad (ni mucho menos!!!) sino porque cuando se dice eso se dice con ánimo de ofender. Por lo tanto ya le están enseñando dos cosas: primero que las muñecas son de las niñas. Y segundo que ser homosexual es algo negativo.
    Y esos comentarios pueden hacer mucha mella en un niño o una niña ¿no crees?

    1. ¡Hola bonita!

      Totalmente de acuerdo con tu comentario. De hecho creo que es súper-importante que desde casa se les transmita el mensaje claro de que son sexualmente libres. Por ejemplo: siempre que alguien dice «ya verás cuando te traiga un novio», yo SIEMPRE respondo «o novia, por supuesto». Parecerá una chorrada o a mentes pequeñas puede parecerles que quiero «lesbianizar» a mi hija (como si eso fuera posible… créeme que hay mentes muuuy pequeñas), pero me parece clave que en su mente ya vaya interiorizando que hay más opciones en esto de elegir compañero/a de viaje y que todas son igual de válidas y buenas.

      Un abrazo 🙂

  2. Totalmente de acuerdo en el post!! si que creo que existe «algo» ( llamalo genético o no) que hace que los niños o niñas tiendan hacia alguna cosa. Pero como seres sociales que somos, desde que nacemos tenemos la influencia de todo y todos lo que nos rodea….

    Como ya te he comentado en facebook ( jiji) dejemos a los niños ser niños, a descubrirse, a conocerse y sobretodo a respetar.

    La sociedad no cambiará s no la cambiamos nosotros… y con post como éste, poquito a poco, podemos intentar lograrlo! 🙂

    1. ¡Hola Anna!

      Como ya te dije en tu comentario de facebook (por cierto, si quieres volver a ponerlo aquí es magnífico) no puedo estar más de acuerdo contigo y además teniendo en cuenta que eres educadora me dejas más tranquila al saber que hay docentes que antes que enseñar, observan y respetan, que creo que es la mejor enseñanza que pueden recibir nuestros adultos del futuro.

      Un abrazo,
      Laura

  3. Estupenda entrada,me ha reir y sobre todo sentirme identificada.Una pena,no haber coincidido para jugar a la peonza,futbol o similiar.Yo a mi ardillita tambien Le proporcionare los medios para que eliga si quiere rapar el pelo a la barby o jugar con ella.Un saludo

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