Felices dos años y ¡gracias!

Que el año que viene tengo que organizarme mejor con el blog, especialmente en época vacacional y sobre todo en Navidades, es una verdad como un templo y uno de mis grandes propósitos de Año Nuevo.

Otra gran verdad es que llevo dándole vueltas a la actualización del blog desde hace ya casi dos semanas, sin éxito. Al principio porque me costó arrancar tras el parón navideño; después porque la vuelta al trabajo en una oficina de una mini-PYME en la que tú lo haces TODO menos salir a vender, es una odisea de papeles y mails atrasados que no termina nunca y, claro, así no hay quien se haga la longuis para escribir en horario laboral. Y, por si esto no fuera suficiente, resulta que ayer fue el cumpleaños de la persona más especial de este mundo –mi bebé-, por lo que llevo días y días de manualidad en manualidad para que tuviera una mañana especial en la guardería y para que el domingo nuestra casa luzca un poco diferente para la celebración con la familia extensa y los amigos (los nuestros, se entiende).

Así que ahí tenéis uno de los grandes motivos de mi ausencia blogueril –por no nombrar el trancazo monumental que pillé la semana pasada y el mar de mocos que me acompaña a día de hoy- que, aunque suene a excusa, no veáis la de tiempo que le quita a una lo de hacer chorraditas cumpleañeras (maldito sea Google y sus maravillosas ideas DIY).

Pero vaya, que lo realmente importante de todo esto es que mi pequeña ha cumplido ya dos añazos como dos catedrales y qué mejor manera de inaugurar 2015 en el blog que dedicándole la primera entrada a mi hija, a la pequeña gran culpable de que yo os escriba de vez en cuando, a la pequeña gran culpable de haberme convertido (y sigo en proceso) en la mujer empoderada y segura que soy hoy (no sin múltiples vacilaciones de vez en cuando). Así que hoy le quiero hablar a ella, a mi Amor:

Querida hija,

Son muchas las mujeres que afirman que jamás olvidarán el día en que nacieron sus hijos y, aunque no lo pongo en duda porque yo también llevo grabada a fuego esa primera vez, quiero explicarte que, si un día decides ser madre, puede que te ocurra lo mismo que a mí.

Es tal la marabunta de sentimientos y experiencias nuevas de los primeros meses con un bebé que, por lo menos a mí, no me dio tiempo a regocijarme en el recuerdo del día de tu nacimiento. Es más, le pedí a tu padre en múltiples ocasiones que se sentara a describir con pelos y señales cómo había vivido él el parto (con su antes y su después) ya que a mí no me daban ni la cabeza ni el tiempo para hacerlo, y porque, además, él había visto mucho más de nuestro parto que yo, por desgracia para mí. Pero ya sabes que Papá es más de acción y dice que eso de escribir lo deja para mí. Así que no te canses nunca de preguntarle, no vaya a ser que el tiempo termine por desdibujarle los recuerdos.

En fin, la cuestión es que sí recuerdo cada momento que he vivido junto a ti desde que eras un “2-3 semanas” en la pantallita del test de embarazo, pero por primera vez en la vida, me he dejado llevar completamente por el aquí y ahora. Y esa es la primera gran lección que me has enseñado, mi vida.

Antes de quedarme embarazada, incluso mientras estábamos buscándote con ahínco, yo era de esas que defendía la importancia de la “mano firme”, del “no dejar que se te suban a las barbas”, del “en cuanto pueda cada uno a su habitación”, del “no le hagas caso y verás cómo se le pasa”, del “déjale que llore que no le pasa nada”, del «en cuanto se acabe la baja, a la guardería», del “no pasa nada si no le das teta, la leche artificial es muy completa, si le das el calostro ya has cumplido”… Afortunadamente, desde el mismísimo instante en que mi cuerpo me dio la señal, antes incluso de hacerme ninguna prueba; en cuanto supe instintivamente que eras una realidad en crecimiento, mi naturaleza le dio una buena patada a mi discurso aprehendido y jamás volví a identificarme con aquellas teorías frías y alejadas de nuestra naturaleza mamífera.

Sólo hace dos años que transitas este mundo de nuestra mano y ya me has enseñado tanto sobre la vida y tantísimo sobre mí misma que no tengo más que palabras de agradecimiento para ti. Querida hija, tú me has enseñado quién es mi YO real, con mis flaquezas y mis fortalezas; tú me has mostrado que, lejos de lo que yo creía, mis virtudes son mucho más numerosas y poderosas que mis defectos. Tú me has enseñado que no sólo he sido capaz de gestar una vida dentro de mí sino que, además, he sido capaz de gestarte fuera de mi útero casi del mismo modo que lo hice dentro (si necesitas que te hable sobre exterogestación, siempre me tendrás dispuesta). Tú me has enseñado que ya puede derrumbarse el mundo ahí fuera que lo más importante para una madre es criar (en la plenitud de sus acepciones) a su bebé. Tú me has enseñado que todo y todos son prescindibles cuando no acompañan y no favorecen. Tú me has enseñado que nadie sabe nada sobre niños. Tú me has enseñado que la única persona que te conoce realmente eres tú misma. Tú me has enseñado que las únicas personas que te conocen casi tan bien como tú misma, somos tu padre y yo (aunque una madre siempre tiene un wi-fi directo por ahí que parece casi mágico), y si nosotros nos equivocamos algunas veces al reconocer tus necesidades imagínate cuánto no se equivocarán los demás. Tú me has enseñado a perseguir aquello que realmente deseo (nuestra lactancia que se tambaleó en un principio y en la que siempre creí sin condiciones y que sigue hasta hoy, es buena muestra de ello). Tú me has enseñado cosas de tu padre que desconocía (si bien no me sorprendieron). Tú has sacado a la luz el lado más bello de esa persona inmensamente hermosa con la que un día elegí pasar el resto de mi vida y me animas a seguir eligiéndola cada día. Tú me has enseñado que tengo poder; el poder de crear, el poder de alimentar, el poder de amar y todo eso sólo dejándome llevar por el instinto y la naturaleza. Tú me has enseñado que nadie ama de un modo tan incondicional como un niño. Tú me has enseñado que nadie ama tan intensamente como una madre consciente. En resumen, tú me has enseñado más de lo que jamás podré devolverte.

Dicen que los hijos son desagradecidos pero uno sólo puede ser desagradecido para alguien que hace las cosas esperando recibir gratitud por ellas. Espero que nunca sientas que tus padres te aman, te cuidan y te acompañan esperando que se lo agradezcas porque nunca será esa nuestra intención. Nosotros sabemos que casi tanto o más importante es que tú disfrutes de nosotros como lo es que nosotros disfrutemos de ti y, sí, puede sonar egoísta, pero yo te acompañé hasta la vida para disfrutar de ti y no para regalar tu crecimiento físico y emocional a otros.

Tú crecerás y empezarás a cuestionar todo cuanto nosotros hagamos contigo y para ti, y aunque temo ese momento porque debe ser realmente punzante, soy consciente de que tiene que llegar y por ello vivo cada día a tu lado como si fuera el último. Puede que el día de mañana seas madre y decidas dar un portazo a todo lo que yo he hecho contigo -aunque no he hecho más que seguir mi instinto y mi condición mamífera- pero para eso estaré yo ahí, para acompañarte como siempre del modo en que sólo tú lo necesites. Mas para eso aún queda mucho tiempo (espero) y si hay algo que realmente me has enseñado es a vivir el presente.

Dos años ya desde de nuestra primera vez y cientos de lecturas especializadas después, si hay algo que saco en claro de mi experiencia como Madre consciente es que lo que hago no lo hago para que mañana seas más independiente, más segura, más inteligente, más empática, ni siquiera más feliz. Soy la Madre que soy porque me gusta, porque me apetece, porque me río en la cara de aquellos que mascullan entre dientes que no te podré sacar nunca de mi cama o que vas a depender de mí para todo o que vas a tomar teta con quince años… Soy la Madre que soy porque a las pruebas me remito, porque, a pesar de mí, eres independiente, sociable, cariñosa, inteligente; porque, a pesar de mí, allá donde vas enamoras a todos, porque eres enormemente simpática; porque, segura como estás de que seguiré ahí, vuelas a otros brazos y exploras otros regazos para volver a acurrucarte en mí, que para algo soy quién soy. Soy la persona más afortunada del mundo. Soy una mujer completa y feliz. Soy tu Madre.

Gracias, mi Vida, por dejarme ser la Madre que quieres que sea. Gracias por dejarme ser la Madre que siento ser. Gracias, mi Vida, gracias por existir. Gracias por ser luz. Gracias por ser tan TÚ. Te Amo.

comentarios-blog

4 pensamientos sobre “Felices dos años y ¡gracias!”

  1. feliz cumpleaños a los 3!!! Son momentos tan maravillosos… Yo contando las horas, minutos y segundos para q llegue su cumpleaños. Felicidades y por muchos más!!!

  2. Felicitats a la petita i enhorabona als pares!!! Els petits ens ensenyen un munt de coses pero una de les mes importants es a estimar incondicionalment!!!una forta abraçada

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *