Navidad y niños

Ya lo dicen que <<cuando nace un niño, nace una familia>> y no hay verdad más grande en este mundo. Cuando el núcleo familiar pasa de ser el que crearon tus padres para ti, para convertirse en el que tú creas para tus hijos, la cosa cambia. Y cómo cambia.

Hasta que tienes pareja, tú sigues las costumbres y tradiciones de tus padres (a menudo, que no siempre). Cuando conoces a La Persona, empezáis a crear costumbres y tradiciones propias (fechas especiales, aniversarios) y tenéis que empezar a dividir vuestro tiempo “familiar” entre las familias de uno y de otro: sábados en casa de unos, domingos en casa de otros, Nochebuena con los suegros, Sant Esteve con tu madre, Fin de año a repartir un año cada uno… y, sin saber muy bien cómo, esa dinámica te atrapa y se acaba convirtiendo en algo parecido a una obligación que en ocasiones resulta tediosa y agobiante.

Entonces llegan los hijos y el concepto “Familia” adquiere un nuevo significado para vuestra pareja. Desde que miráis por primera vez a los ojos a vuestro bebé sentís que no necesitáis nada más en esta vida y lo único que queréis es pasar a su lado y al lado de vuestra pareja todo el tiempo posible. No queréis perderos nada, queréis disfrutarlo todo, queréis saborear el amor en toda su plenitud porque al fin habéis descubierto que la plenitud existe, que, a pesar de cuantísimo os amabais, todavía se puede amar más y mejor. También es en ese momento en el que vuestras respectivas familias se convierten en satélites de la propia que habéis construido, satélites que en muchas ocasiones participarán de la felicidad y serán de ayuda y que en otras muchas ocasiones sentiréis como un compromiso u obligación que os asfixia.

En fin,  ¿por qué digo todo esto? Pues porque se acercan las fiestas Navideñas y sus ineludibles citas familiares.

Cuando los niños son grandes, aprenden a regular su energía, duermen de un tirón y nos necesitan un poco (muy poco) menos cerca, las reuniones familiares pueden llegar a ser a ratos incluso divertidas y no tienen más inconvenientes que los de aguantar conversaciones que no te interesan en absoluto y/o te indignan por completo; tener que reunirte con gente con la que no tienes nada en común y con la que no irías por iniciativa propia ni a tomar un triste café; vigilar que tu hijo no se atiborre de porquerías que no sólo le pueden sentar mal sino que seguramente le pongan como una moto y se irrite sintiéndose finalmente fatal; procurar que tu hijo escuche o preste atención a las mínimas sandeces, “ismos” y “fobias” posibles que se suelten en la mesa (sexismo, racismo, clasismo, homofobia, xenofobia, etcétera) y en el caso de que “se entere” (que se enteran de todo aunque no lo parezca) explicarle que eso que se ha dicho no te parece correcto y por qué. Pero más allá de eso, pueden ser algo fácilmente superable.

Sin embargo, cuando los niños son pequeños y me refiero sobre todo a los recién nacidos de pocos meses pero también a los bebés grandes y niños de tres, cuatro o cinco años, las reuniones familiares, especialmente las fiestas navideñas que suelen celebrarse a horas intempestivas de la noche, pueden convertirse en una auténtica pesadilla: bebés sobreestimulados que necesitan tranquilidad y no la encuentran; mamás puérperas que necesitan paz, introspección y tener a su hijo piel con piel y no de mano en mano; bebés y niños que necesitan dormir pero las circunstancias no les dejan; bebés y niños que no paran de correr y saltar porque están pasados de vueltas y se irritan a la más mínima… Vaya, que mantener a los niños porque “es lo que toca” en esas circunstancias es algo de lo más absurdo.

Y diréis: <<Pero es que son fechas para estar en familia>>. De acuerdo, nos lo hemos montado así y son fiestas para estar con la familia extensa (recordad que con la Familia estamos todos los días. ¡Ah! Y hay mucha gente que pasa parte de estas fiestas con amigos) pero no podemos olvidar que lo primero son los niños. Los niños dependen de nosotros para todo, también para procurarles la tranquilidad y el bienestar que necesitan en cada momento y, en muchos casos, lo de ir de casa en casa durante toda una semana no ayuda.

Así que, si a media cena de Noche Buena tu hijo se pone de lo más irritable, está muerto de sueño o simplemente SABES que necesita tranquilidad, hazte un favor a ti y hazle un favor a tu Familia y a tu familia extensa: dale a tu hijo lo que necesita y si lo que necesita es irse a casa, pues a casa. Pero, por favor, nada de <<Nos vamos a ir porque este niño está insoportable>> o <<Nos vamos porque no hay quien te aguante>> o <<Nos vamos porque te estás portando fatal>>, ajústate a la realidad con un <<Es muy tarde para ti y estás desbordado, así que nos vamos para que puedas descansar tranquilo cuanto necesites>>.

Fechas señaladas

Que cada familia tiene unas fechas “imperdonables” es algo que todos sabemos. En casa de mis suegros el día “fuerte” es el de Noche buena, en casa de mi madre el día “fuerte” es Sant Esteve y Noche Vieja les toca a ambas partes por igual (por eso intentamos repartir). Después están los días “de los niños”.

No sé si a todos os pasa igual, pero yo recuerdo que el Tió se “cagaba” en casa, Papá Noël (para éste ya era más mayorcita) venía a casa y los Reyes Magos, por supuestísimo, pasaban por casa. Las casas de los familiares se visitaban durante los días posteriores para ver si también habían pasado por ahí (el Tió no, ese “caga” una sola vez y “caga” en casa… como yo).

Ahora yo ya soy mayor (no mucho pero un poco sí), la niña es mi hija y parece que en el aire flota una especie de desaprobación general porque mi intención es que el Tió se “cague” en casa, Papá Noël venga a casa y los Reyes Magos pasen por casa. Qué ocurrencias tengo, ¿verdad?

De hecho, yo no tenía intención de poner un Tió en casa hasta que la peque vaya al colegio. En la guardería ponen un Tió y le dan de comer y lo cuidan durante unos días antes de hacerlo “cagar”, por lo que carece totalmente de sentido que haya dos Tiós. Pero resulta que por ahí quieren que participe en un Tió y, claro, para que participe en otros que participe en el suyo (llamadme rara), porque lo de “cagar” el Tió es lo de menos, lo mágico es cuidarlo durante unos días, dejarle mandarinas para desayunar y que cuando la peque vuelva a la hora de comer sólo encuentre las pieles… eso es lo mágico. Así que el año que viene, aunque en la guardería haya un Tió, Papá y Mamá buscarán un bonito tronco para decorarlo los tres juntos y darle mucho amor y mimos hasta la tarde de la víspera de Navidad.

Lo de Papá Noël nos da un poco igual porque, más allá del arbolito, luce poco y, además, sabemos que le da miedo, así que nada de gorditos barbudos por nuestra parte. En cambio, los Reyes Magos son algo tan mágico y especial que, por supuesto, también queremos que pasen por casa. Ir a disfrutar de la cabalgata y que cuando termine pasen por casa gritando el nombre de nuestra hija es algo que difícilmente olvidará pero como en todo lo demás: será más adelante porque con casi dos años es pequeña, no lo entiende, le da miedo y es innecesario que pasemos un mal rato cuando tiene que ser algo de lo más maravilloso.

 

Me gusta recordar a menudo que todo tiene su tiempo, que nuestros hijos tienen sus tiempos también y que tenemos toda una vida para disfrutar las cosas en su justa medida y en su preciso momento. Forzar situaciones y adelantar acontecimientos nos aporta muy poco y puede restarnos mucho.

Os deseo unas muy felices y tranquilas fiestas, en buena y deseada compañía… ¡Ah! ¡Y mucho Amor y Paz!

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