Un parto de manual… justo lo que no quería (Parte II)

En el primer post de esta serie titulada «Un parto de manual… justo lo que no quería», en la que intentaré volcar los fantasmas de mi parto «perfecto», os hablaba de la decisión que tomamos en referencia a las visitas en el hospital. Pedimos a la familia que no acudieran al hospital hasta que les avisáramos, una vez ya estuviéramos instalados en la habitación los tres. No queríamos reuniones fuera de lugar en la sala de espera, no queríamos presión, no queríamos agobios… queríamos paz.

En esta segunda parte, repaso la locura y los miedos inculcados en la antesala del parto propiamente dicho. Las hay que esperan tranquilas en sus casas a que las contracciones sean muy seguidas para ir al hospital y empezar «el jaleo», yo rompí aguas sin ningún tipo de contracción y me ingresaron «a verlas venir»… con lo bien que habríamos estado nosotros en casa «tranquilamente».

Rotura de aguas sin contracciones

 En las clases de preparación al parto nos explicaron que cuando hay rotura de aguas, si éstas son claras, no hay prisa porque el parto no es inminente. Pero no nos explicaron gran cosa más, supongo que porque lo más común es tener primero contracciones y después romper aguas.

El viernes dieciocho de enero de 2013 salíamos de cuentas o, lo que es lo mismo, era nuestra F.P.P. (fecha probable de parto) y nuestra pequeña no tenía ninguna intención de salir. Desde hacía semanas (ojo que no digo horas, ni días, digo ¡semanas!) gente cercana (no la vecina, no la panadera, no la cajera del súper) me estaba haciendo sentir atosigada preguntando una y otra vez “¿Ya quiere salir? ¿Todavía no sale?” “¿Por qué no pides hora para que te miren? Quizá necesita un empujoncito”… y ni siquiera había cumplido las cuarenta semanas, cuando hasta la semana cuarenta y dos no hay de qué preocuparse (a veces, ni siquiera después de la semana cuarenta y dos, por más que nuestra sociedad se empeñe en meternos prisa hasta para nacer). Así que cuando mi comadrona me comentó que estaba dilatada de dos centímetros y medio y que si quería me podía realizar la Maniobra de Hamilton (consiste en aprovechar el tacto vaginal para separar levemente las membranas de la bolsa amniótica de las paredes del cuello del útero) para intentar propiciar el desencadenamiento del parto, accedí. Sólo imaginarme llegar a la semana cuarenta y dos con la presión que estaba experimentando de mi entorno me ponía de los nervios. A día de hoy me arrepiento muchísimo de haber accedido porque no tenía ninguna necesidad de hacerlo (mi embarazo era plácido y mi bebé estaba perfectamente), porque fue muy doloroso (además yo soy de ésas de “tira, tira, que yo aguanto”) y porque posiblemente fuera el inicio de una cadena de situaciones que me llevaron a tener un parto distinto al que yo quería, aunque nunca lo sabré.

La cuestión es que algo debió “funcionar” con esa maniobra porque a la mañana siguiente, el sábado, perdí el tapón mucoso. Con el tapón mucoso no hay lugar a error (al menos en mi caso) porque es una masa gelatinosa bañada en sangre, un poco escandalosa y asquerosilla; pero como nunca había visto ninguno, llamé al hospital porque sabía que a mi comadrona le tocaba guardia ese día y ella me confirmó que se trataba del famoso “tapón”. Aquello estaba en marcha pero yo no sentía absolutamente nada que nos dijera que el parto era inminente.

Para cuando estuviéramos de parto, habíamos decidido no decir nada a nadie hasta que estuviéramos instalados en el hospital pero, como en tantas otras ocasiones en la vida, los planes no salen como uno quisiera. Era domingo y los domingos comemos en casa de mis suegros. Antes de comer, sobre las dos del mediodía, fui al baño a hacer pis y noté algo raro ya que me pareció que el pis salía más bien fresquito. A las dos y media, tuve que levantarme corriendo para volver a ir al baño pero esta vez mojé un poco la silla y ya entonces tenía claro que “eso” no era pis. Así que todo nos salió un poco al revés: mi chico se quedó sin postre y mis suegros ya estaban enterados de qué estaba pasando.

Nos subimos al coche y, conscientes de la poca prisa que requería el asunto, nos fuimos a casa a terminar de preparar los bolsos y a darme una ducha. En realidad perdí la cuenta de las veces que tuve que cambiarme de ropa y de las veces que llegué a meterme en la ducha y por eso decidí no ducharme más, calzarme una toalla entre las piernas (comodísimo…) y partir hacia el hospital con tranquilidad.

Recuerdo la sensación de perder aguas pero no os la sabría definir demasiado fielmente: no es como hacerse pis porque el pis se puede controlar (unas más que otras) y está calentito, es más bien como una gran pérdida de flujo pero muy líquido, fresquito, incoloro e incontrolable. En mi caso, no perdía grandes cantidades de golpe, iba perdiendo a chorritos (el líquido amniótico empapa, mucho) aunque de vez en cuando parecía aquello (perdonad lo soez de la expresión) una meada de elefante. Además, estaba tan emocionada que había veces en que no sabía si tenía una pérdida o se me escapaba el pis como a los perrillos cuando se ponen eufóricos.

Pusimos una toalla en el asiento del coche (de verdad, el líquido amniótico empapa muchísimo) y nos fuimos al hospital. Creo recordar que eran las cinco y media de la tarde cuando registraban nuestro ingreso en el hospital.

El primer paso fue una sesión de los “maravillosos” monitores. Después de poner la camilla perdida al despojarme de mi fantástica compresa de la Edad Media, me enchufaron todo tipo de cables y me hicieron un tacto… doloroso. Estaba tan dilatada como el viernes anterior cuando mi comadrona me había hecho el primer tacto y no era de extrañar porque de las contracciones no había ni rastro (para saber eso no hacía falta monitorearme aunque nos quedamos más tranquilos sabiendo que las constantes de la gordita eran normales).

Aprovechamos el rato que estuvimos monitoreados para charlar sobre lo loco que había sido todo desde el viernes; para decidir para quién sería la primera foto de la peque; para reírnos juntos de uno de los carteles que había en el box en el que aparecía el dibujo de una señora idéntica a una mujer que conocemos; para sacarnos fotos chorras con nuestros limitados smartphones; para hablarle a nuestra bebé y animarla a salir y, cuando finalmente nos confirmaron que nos quedábamos ingresados a pesar de no tener ni una triste contracción y saber que el parto no iba a llegar por el momento (el procedimiento habitual es el de ingresar a la madre cuando se rompe aguas), para firmar el plan de parto y para avisar a nuestras familias de que nos ingresaban pero que era absurdo que vinieran porque estábamos de lo más bien y jugando al Candy Crush.

Así que sobre las siete de la tarde nos llevaron a planta y ahí nos quedamos, jugando con los móviles y a la espera de que apareciera algo que no sabíamos cómo podríamos identificar: las contracciones.

Dormimos un ratito, aunque no demasiado porque mi compañera de habitación ya tenía a su bebé con ella y, claro, lloraba lloraban… muchísimo. Sobre las once de la noche nos volvieron a monitorear y pasó a verme el ginecólogo que nos informó de que si la cosa no se desencadenaba pronto, al haber roto aguas, tendrían que administrarme antibiótico para evitar cualquier infección que pudiera afectar al bebé (primer miedo en el cuerpo). Otro tacto, mismo resultado.

Sobre las tres de la madrugada pude experimentar por primera vez qué es una contracción. Me sorprendió un dolor de riñones parecido al que producen las menstruaciones más salvajes que sólo se apaciguó cuando me levanté para ir al baño (una de las cuatrocientas mil veces que fui aquella noche). Sin prisa pero sin pausa, se fueron sucediendo las contracciones, cada vez más seguidas y cada vez más fuertes pero las llevaba muy bien. Teníamos la pelota de pilates aunque, sinceramente, estaba más cómoda de pie o en cuclillas. Prácticamente después de cada contracción sentía la necesidad de ir al baño aunque no hiciera nada, así que primero cada diez minutos y después cada minuto y medio entraba y salía del baño con el enorme sentimiento de culpa por estar estorbando a una mamá reciente, agotada, con una cesárea feroz y un bebé que sólo quería estar prendido a su pecho (soy consciente de las limitaciones de nuestro servicio público de salud pero estas cosas deberían tenerse en cuenta y tener salas de dilatación específicas donde las que vamos a parir podamos descansar y dilatar tranquilas y las que ya hemos parido podamos descansar y maternar igual de tranquilas).

Íbamos controlando la duración de las contracciones y el tiempo que pasaba entre cada una de ellas y cuando fueron muy seguidas se lo comunicamos al personal de planta que decidió llevarnos de nuevo a monitores… ¡maldita la hora! Una mujer que está en plenas contracciones no tendría que verse sometida a la tortura que suponen esas camillas obsoletas del box de monitores. De verdad, lo estaba llevando de lo más bien hasta que me tumbaron ahí para volver a enchufarme cables y volver a toquetearme. Encima, me dejaron ahí sin hacerme demasiado caso durante un buen rato y yo sólo quería levantarme de ese horrible lugar. Cuando la comadrona de turno me miró (la tercera persona distinta que me metía mano en apenas doce horas) me dijo que había dilatado muy poco, que tenía <<contracciones muy fuertes, muy seguidas pero muy poco efectivas>> y que, aunque la decisión era mía, me recomendaba ponerme oxitocina y la epidural porque <<estás sufriendo para nada>>. Se me vino el mundo abajo, estaba tan convencida de que podía con eso y mucho más, estaba tan convencida de que quería sentirme animal y de que quería parir de pie que la medicalización del parto cayó sobre mí como una losa.

Y, ¿qué iba a hacer? Ahí tumbada en ese potro de tortura, gritando como una posesa un dolor que sabía que podía controlar estando de pie, viendo lo mal que lleva mi chico eso de verme sufrir y teniendo que oír que todo mi “esfuerzo” no valía para nada, sumado a la sombra de la rotura de aguas y sus posibles complicaciones, y consciente de la afición que tienen en este bendito país por las cesáreas innecesarias a la primera de cambio… no pude más que, con todo el dolor de mi corazón y toda la decepción de mi razón, asentir y aceptar.

A día de hoy, que tras el nacimiento de mi hija me he preocupado de informarme y de empoderarme como mujer y como madre, habría decidido esperar (el líquido amniótico se va regenerando, por lo que, a no ser que la pérdida sea brutal en plan vaciado inmediato, no hay peligro de que el bebé se quede “seco”). Habría dado tiempo a mi bebé y a mi cuerpo para ponerse de acuerdo y actuar conjuntamente. Habría escuchado más a mi naturaleza y menos a una comadrona que, con la mejor intención del mundo, le echa muchas horas a las guardias del hospital y tiene muchas pacientes que atender y muchos paritorios que vaciar. Y si, después de dejarme parir hubiera necesitado ayuda médica la hubiera aceptado convencida y sin esa sensación de que no me había dejado hacer a mí misma todo lo que estaba en mi mano… de no haber sido dueña de mi parto.

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6 pensamientos sobre “Un parto de manual… justo lo que no quería (Parte II)”

  1. Parece q narras mi parto. Yo fui con manchas acuosas y dijeron q no era noksa rora. A la siguiente noche fui con contracciones y ya si era rotura pero poco me valua con yn salcaslio. Yo tb senti esa presion y tras horas de no dilatar mas de 4 cm esyar con fiebre temblores y voomitos y atada a la cama con el maldito cinturon del monitor accedi a la epidural y hasta me pincharo oxitocina un poco luego me la quitaron o dihe q la quitaran ya no recuerdo. Dp tb me rompieron la bolsa. Yo accedi a rpidural pq estaba fatal y sobretodo pq tenia miedo de no tener liquido (ahora tb se q no afectaba) y cojen y rompen la bolsa luego¿¿¿ eso y mas cosas espero a la tercera entrega para seguir jejeje. Gracias por contar tu experiencia

    1. Hola Silvia,

      Creo que no me equivoco si digo que casi todas haríamos algo diferente en nuestros partos si pudiéramos volver el tiempo atrás.
      Gracias por tu comentario.

      Un abrazo 🙂

  2. Hola Laura!
    En mi caso había leído muchísimo del tema y estaba dispuesta a aguantar todo lo que pudiese sin analgesia para poder hacerlo lo más natural posible. Pero de todas mis espectativas se cumplieron pocos de los deseos ya que también rompí aguas,hice una fisura en la bolsa y se desencadenaron las contracciones con vómitos que me hicieron que rompiese toda la bolsa y tener un parto seco y doloroso. Decidí ponerme la epidural porque no quería sufrir… A pesar de tener varias complicaciones y un postparto horrible, disfrute mi parto! Quizás podría haber hecho las cosas de otra manera, quizás, pero en ese momento decidí confiar! Y fui feliz!!!

    1. Hola Sandra,

      Por supuesto, sufrir por sufrir no nos hace más mujeres ni más madres. Yo salí del hospital encantada con la epidural porque me permitió centrarme en empujar y no en el dolor y pude «disfrutar» del parto todo lo que me permitió la postura que no ayuda porque no puedes ver nada. Lo que cambiaría sería el cuándo administrar la anestesia ya que, en mi caso, podría haber dilatado más por mi misma y haber retrasado en gran medida o quizá haber prescindido de la oxitocina (que no es poca cosa). Pero eso ya lo contaré en la tercera parte 🙂

      Un abrazo 🙂

  3. Hola Laura…Cuanta mala práctica medica veo… desde la rotura de membranas, desde ese falso riesgo de infección ( cuando las aguas son claras y más en tu caso que era una pequeña fisura..) para el ingreso y/o inducción, desde esos malditos y numerosos tactos por todo el que pasaba por allí ( con la bolsa rota, esos tacos sí que son focos de infección !!!), esas prisas, esas prisas porque todo acabe pronto cuando cada bebe y mama tienen su ritmo… esos protocolos ;( ojalá algún día las cosas cambien.
    Yo tuve suerte y no me enfrente a una rotura de aguas temprana, es más, mi niña salió enmantilada. Tenía claro que quería evitar sufrir todos los protocolos de mi hospital, así que hice el trabajo de parto en casa. Tanto que llegue empujando ya al hospital…soy primeriza y aunque parezca una locura disfrute pariendo. La gente no me cree, pero si dejas atrás los miedos, te informas, te sientes acompañada ( en mi caso por mi pareja y mi doula), sabes que llega tu bebe, intentas disfrutar del momento, tu cabeza deja de pensar y recuperas la mamífera que llevas dentro…se puede.
    Felicidades por tu bebe y tu blog que me encanta 😉

    1. Hola Maite,

      Muchas gracias por tu comentario 🙂 ¡Me alegra que te guste el blog!

      La verdad es que fui al hospital porque rompí aguas, porque mi intención era avanzar todo lo posible en casa. La pena es que no repetiré y nunca sabré «hacerlo» de otra manera jejeje.

      Me encanta saber que tu parto fue deseado, respetado y disfrutado. Trabajaré a mi manera para que el día de mañana, si mi hija quiere ser madre, pueda sentirse por lo menos tan respetada como tú.

      Un abrazo 🙂

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