Un parto de manual… justo lo que no quería (Parte I)

En enero se cumplirán dos años del nacimiento de mi hija y ya va siendo hora de enfrentar los fantasmas de un parto «perfecto». No puedo decir que tuve un mal parto porque faltaría a la verdad pero tampoco puedo afirmar que fue bueno, en parte porque no sentí gran cosa hasta que me pusieron un punto de sutura –que tampoco entraba en mis planes- justo cuando empezaba a despertarse la cosa.

Preparando a la familia: la primera decisión contracorriente

Desde un principio teníamos claro que el hospital no es una sala de reuniones y mucho menos una sala de fiestas. Hacía poco tienpo, habíamos vivido de cerca el recibimiento a un recién nacido en un hospital que más bien parecía una boda gitana, y no sólo por la marabunta de gente sino por lo ruidosos e inconscientes que parecían ser del lugar dónde se encontraban (se les llamó la atención en varias ocasiones y eso que estaban en una habitación individual. Ahí es nada).

Nosotros íbamos al hospital a parir; íbamos a hacer un ejercicio de esfuerzo y amor que implica cierto riesgo para la madre y para el bebé; íbamos a recibir a nuestra pequeña con toda la tranquilidad posible y teniendo en cuenta que los bebés pasan en segundos de estar en el lugar más confortable y tranquilo que conocerán jamás a un entorno algo hostil lleno de ruidos e incomodidades que tendrán que ir, poco a poco y con ayuda de sus padres, aprendiendo a sortear. Además, queríamos que nuestra hija recibiera la mejor alimentación del mundo, mi leche, y sabíamos que para conseguirlo eran importantísimas las primeras horas de vida extrauterina. Sin agobios, sin mil manos, sin miradas… en paz.

Nosotros deseábamos con todas nuestras fuerzas poder presentarnos, conocernos y darnos la bienvenida los tres juntos, solos en nuestra intimidad familiar, del mismo modo que nos habíamos ido familiarizando durante el embarazo. Teníamos claro que el parto es sólo una parte más de la gestación, la culminación del proceso intrauterino que tenía que encontrar su continuidad en el exterior. Por eso nos parecía una pésima idea tener a toda la familia esperando mientras nosotros estábamos a lo que teníamos que estar.

Todos sabemos que las salas de espera de los paritorios se llenan de madres y suegras impacientes; algunas eufóricas, otras agoreras (creedme, he llegado a escuchar eso de “sí que tardan, a ver si le ha pasado algo a mi niñ@. Voy a preguntar”… terrible). También se pueden llenar de sobrinos e hijos de amigos o primos que se aburren y corretean por toda la planta a grito pelao; por no hablar de la «sana» costumbre que tenemos en este país de hablar a voces y más cuando se juntan tres o cuatro personas. Convengamos que ese no es el ambiente propicio para que una parturienta goce de la tranquilidad y la concentración que el momento requiere.

Pero el bienestar de la nueva familia que está por conocerse no es el único motivo por el cual deberíamos tomar conciencia de lo que es la planta de maternidad de un hospital. En una planta de maternidad pueden confluir muchas historias de vida diferentes y algunas de ellas pueden no ser felices. En una planta de maternidad podemos encontrar madres/padres que se ven obligadas/os a dejar a sus bebés en incubadoras o UCIs neonatales; madres que son separadas de sus bebés cuando más unidos necesitan estar; podemos encontrar madres con dificultades, con partos traumáticos y/o con cesáreas salvajes que lo que menos necesitan es jaleo; podemos encontrar madres que han perdido a sus bebés antes, durante o tras el parto, madres que entraron al hospital con la ilusión de recibir a sus retoños y esperaban salir, como tú, con sus bebés en brazos y una sonrisa en la cara y que abandonan la cama de su infierno con los pechos llenos y las manos vacías. Por todos/as ellos/as deberíamos reflexionar y ser conscientes de que un hospital es siempre un hospital.

Afortunadamente, y a pesar de recibir algún reproche telefónico antes de partir hacia el hospital, nuestras familias respetaron nuestra decisión. Sé que no la quisieron entender, sé que no la compartieron y sé que la criticaron, pero me basta con haber comprobado que la respetaron.

 

En la segunda parte de esta serie de post os hablaré de cómo se desencadenó el parto y de la importancia de estar bien informadas a la hora de tomar una decisión tan importante como es el cómo quieres vivir TU parto.

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6 pensamientos sobre “Un parto de manual… justo lo que no quería (Parte I)”

  1. Hola Laura! Estoy plenamente de acuerdo contigo, en mi caso como sabes tenemos toda la familia lejos pero esa sensación de agobio lo sentí en carnes propias con las compañeras de habitación y toda su gran familia. Y la verdad que lo pasamos muy mal. No se dan cuenta que están en un hospital.

    1. ¡Hola Fer!

      Sí, es terrible. Yo no puedo quejarme demasiado porque a mi compañera le dieron el alta al día siguiente de mi parto y permanecí sola hasta que me dieron el alta a mí. Pero aún así, los ratitos en los que a ella la acompañaba mucha gente no podía evitar sentirme algo molesta por lo que imagino que cuando había más de dos o tres personas conmigo tampoco debía ser agradable para ella.
      Además, no sólo es que se junte mucha gente sino el goteo continuo de personas entrando y saliendo… un posparto es un posparto por muy «bien» que haya ido.

      Un abrazo 🙂

  2. os felicito por vuestros bebes…
    yo me quedé con ganas… ya tengo edad de ser abuela y se me pasó la vida en un suspiro…. aun asi me siguen fascinando las historias de barriguitas redondas…de lunitas crecientes…
    gracias por compartir… mas de mil

  3. Me ha emocionado ver q cada una de las palabrad que has mencionado las he dicho y repetido mil veces durante mi embarazo. Además nnos pasó igual. Fuimos a conocer a un bebé (q ya me parecia pronto para hacer visita ya que habian pasado menos de 24h) y akello parecía fin de año (respetable si los padres lo quieren así) pro a mi me daba panico y quise lo opuesto
    Por suerte fue asi y lo respetaron. De hecho hasta me costó aceptar visitas en casa…

    1. Hola Jessica,

      Nos han vendido la moto de que para demostrar que se quiere a alguien hay que estar presente y hacerse notar; cuanto más, mejor. Es hora de olvidarse de lo aprendido y empezar a valorar lo realmente importante y necesario. Un bebé recién nacido no necesita ir de mano en mano, no necesita que lo manoseen abuelos/tíos/amigos/etcétera. Si hablamos de NECESIDADES, un bebé de apenas horas de vida NECESITA a su madre (o cuidador principal) y tener cerca a su padre para que garantice el bienestar de su cuidadora principal que, como ya he dicho, suele ser la madre. Nada más. Todo lo demás es anteponer las necesidades de los adultos a las del recién nacido y es terriblemente injusto, pique a quien pique.

      Un abrazo 🙂

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