Amarla y respetarla, hasta que la muerte nos separe

Antes de quedarme embarazada seguía con interés cierto programa de televisión de cuyo nombre no quiero acordarme. Es más, asentía continuamente y estaba de acuerdo con la “Súper Personaje” en casi todos sus argumentos. Yo era de ésas que decía que a los niños “hay que educarles”, “hay que meterles en vereda” o “no hay que dejar que se te suban a las barbas o estás perdido” (quién me ha visto y quién me ve). Vaya, que era de esas personas que pensaba que la relación con un hijo era algo así como una guerra, una lucha de poder, en la que perder era una catástrofe universal; pensaba que los niños vienen cabroncetes de serie y que te desafían continuamente. ¡Qué pena! Básicamente, era una persona que no tenía hijos, que nunca había tenido niños cerca y a quien además no le gustaba relacionarse con ellos porque a ellos no les gustaba relacionarse conmigo… y pensando cómo pensaba, no me extraña.

Por fortuna, ya antes de parir, mi concepto de la infancia empezó a cambiar y la empatía que siempre ha estado muy presente en mi carácter hizo su aparición también cuando de relacionarme con niños se trataba.

Cuando por fin tuve a mi hija sobre mi pecho y nos miramos por primera vez sé que, aunque no puedo recordarlo porque no ocurrió con palabras, le prometí de algún modo que su madre iba a respetarla siempre por encima de todo y de todos. Es muy fácil decirle a un/a hijo/a que lo/la amarás y protegerás siempre, a veces incluso cuando sea muy difícil o casi imposible hacerlo, porque él/ella ya lo sabe; pero por encima de cualquier otro concepto o sentimiento yo quiero que mi hija sienta que su madre la respeta desde el minuto cero de su existencia. Quiero que el día de mañana cuando le pregunten qué es lo que más te gusta de  tu madre, ella pueda responder sin vacilar: me respeta porque me ama y me ama porque me respeta.

Sus necesidades mi faro de Alejandría

Desde el mismo instante en que empezó a respirar por sí misma, mi pequeña ha sido un bebé muy demandante. Hay quien la definiría como un bebé de alta demanda, yo misma la he calificado así alguna vez pero a medida que pasa el tiempo intento deshacerme de etiquetas porque si no me gustan para mí, muchísimo menos para mi hija.

Precisamente esta alta demanda de mi bebé contribuyó a que mi puerperio fuera de lo más tormentoso. Aunque nunca dudé en hacer lo que hacía y me guié siempre por mi instinto y por lo que me hacía feliz, tuve que luchar internamente con todo ese bagaje que llevamos grabado a fuego por lo que hemos visto hacer, lo que nos dicen que hagamos, lo que hemos oído o lo que han hecho con nosotros (con la mejor intención del mundo). Tuve que luchar contra un mundo de biberones y malos consejos -que no había pedido- sobre lactancia materna; tuve que luchar contra un mundo de cunas, consejos no solicitados y poco documentados y falsos mitos sobre colecho; tuve que luchar contra un mundo de NO a los brazos y desaprobación explícita a tener a mi bebé encima las veinticuatro horas del día; tuve que luchar contra un mundo de cochecitos y opiniones muy ignorantes sobre porteo ergonómico… tuve que luchar, sí, pero vencí.

Hay quien quizás piense que mi lucha fue pura cabezonería, algo egoísta y/o posesiva o simplemente un pulso al entorno, pero nada más lejos de la realidad. Sí, es cierto que en todos mis éxitos como Madre (sí sí, digo éxitos con rotundidad) han tenido y tienen un papel importante mi terquedad y el no darme por vencida; también tiene mucho que ver que no estoy sola en mi lucha y que mi pareja, a pesar de no saber cómo ayudarme en muchas ocasiones o no terminar de entender mis motivos en otras, nunca duda en confiar en mi instinto y me apoya, cuida y defiende como un auténtico león. Pero, sin duda, si hay un motivo que me empuja a maternar como lo he hecho, como lo hago y como tengo intención de seguir haciéndolo, es el respeto absoluto y prioritario a las necesidades vitales físicas y emocionales de mi hija.

Cómo intento respetar a mi hija

Nunca le he reprochado a mi bebé “¿otra vez quieres teta?”, puede que ahora con casi dos años sí se lo pregunte de vez en cuando pero nunca como reproche sino para transmitirle mi curiosidad, mi sorpresa y que mamá sabe que le pasa algo fuera de lo habitual.

Nunca le niego los brazos por muy cansada que esté o por muy crujida que tenga la espalda, incluso aunque no quiera meterse en la mochila de porteo y ya pese trece quilos, mamá siempre tiene brazos para ella: SIEMPRE.

Nunca la he dejado llorar. Con eso no quiero decir que mi bebé no llora, con eso quiero decir que su madre siempre está ahí tanto si quiere hallar consuelo y calmarse como si quiere mostrar su desacuerdo, su frustración o su enfado. Mi hija nunca se ha dormido llorando porque siempre se duerme “a buen recaudo”; nunca ha dejado de llorar por agotamiento en el cochecito porque siempre se ha atendido su llanto y se le ha dado lo que necesitaba de inmediato; nunca ha visto reprimidas sus emociones negativas porque son tan normales como las positivas. Por muy frustrante que sea para mí como Madre no poder paliar los sentimientos negativos de mi bebé, intento siempre limitarme a apoyarla para que dé rienda suelta a sus emociones y encuentre su propio camino para resolverlas. Si se enfada porque no se quiere cambiar el pañal y se convierte en una tempestad incontrolable, no negaré que me pongo al límite de mis capacidades cognitivas (ojo, digo “me pongo” y “no me pone”) pero intento siempre hacerle saber que respeto sus motivos y transmitirle que cuando quiera cambiárselo no tiene más que pedirlo, aunque a veces (las menos) el tiempo apremia y tengo que buscar alternativas o técnicas de distracción.

NUNCA la comparo con los demás, menos que nunca en su presencia y menos que menos nunca para que ella haga algo que sólo me interesa a mí o a otra persona que no es ella. A eso se le llama manipulación y es humillante a la par que transmite una sensación de desamparo irreparable, más cuando viene de parte de las personas más importantes en su vida como son los padres.

Nunca la obligo a hacer algo que no quiere. Si no quiere comer, no come. Si no quiere dormir, vuelta al salón y cuando vuelva a dar señales de sueño volvemos a intentarlo. Si no quiere ponerse los calcetines, no es el fin del mundo, más tarde se lo vuelvo a proponer y sino lo termina proponiendo ella. Recuerdo que en los primeros meses de guardería, cuando organizaban alguna actividad con los padres, mi hija no quería despegarse de mí y apenas participaba de esas actividades; nunca, jamás la obligué a participar, ni la forcé ni le reproché que no se uniera a los demás bebés y creedme que lo he visto hacer a niños de pocos meses que no ven a sus madres durante muchas más horas de las que mi hija no me ve a mí… hoy por hoy, mi hija es una de las participantes más activas de estas actividades. Algo habremos hecho bien.

Nunca le digo que eso son “cosas de niños” o “cosas de niñas” porque no seré yo quien le imponga unos roles en los que no creo en absoluto. Si quiere jugar con camiones o a luchar que lo haga (aunque no me cansaré de repetirle que cualquier tipo de violencia, por menor que parezca, es inaceptable), si quiere jugar a las muñecas que lo haga pero que sea siempre porque tiene las dos opciones y es ella quien elige.

Intento evitar siempre que puedo etiquetarla, sea cual sea la etiqueta. No me gusta decirle lo buena que es o lo mal que duerme (en realidad los que dormimos mal somos nosotros) o lo buena comedora que es o lo inteligente que es, o, o, o… Aunque reconozco que tenemos tan incorporados los calificativos en nuestro lenguaje que es muy difícil desprenderse de ellos en nuestras conversaciones. Éste es quizás el punto que más dificultades me presenta.

Ni premio ni castigo. Me parece tan estúpido e ignorante el “si no te sientas a la mesa no iremos al parque” o el “¡qué mal estás comiendo! Cuando te pones así no te quiero” como el “cómo te estás portando tan bien iremos al parque” o el “¡qué bien come mi niña! Cómo te quiero cuando te portas así”. Me parece que estas actitudes restan más de lo que aportan y profieren un trato a quien las recibe nada respetuoso. A mí no me gustaría nada que mi chico me dijera “como hoy tienes un humor de perros mañana no iremos al cine” y podéis imaginar dónde le mandaría de inmediato.

 

Podría seguir enumerando situaciones pero creo que no terminaría nunca. Lo que quiero decir, en definitiva, es que cuando nos paramos a tomar conciencia de las cosas que hacemos o decimos como autómatas porque las traemos aprendidas como parte de una sociedad, a mi parecer, enferma y al darnos cuenta que son dañinamente irrespetuosas con nuestros pequeños intentamos poner todos los medios intelectuales y físicos de los que disponemos para cambiarlas, ya estamos respetando a nuestros pequeños. El primer paso para cambiar es tomar conciencia de qué hay que cambiar y por qué, a partir de ahí encontraremos dificultades en el camino pero nadie nos apartará de nuestro destino final.

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30 pensamientos sobre “Amarla y respetarla, hasta que la muerte nos separe”

  1. Me ha encantado Laura. Lucas tan sólo tiene 9 meses pero ahí vamos, intentando seguir el camino del respeto y el apego. Últimamente he pasado una crisis por los comentarios ajenos acerca de cómo lo hacíamos, xo he salido más fortalecida( el apoyo de mi chico es fundamental). Recuerdo cuando Super… Empezó en 4, estaba en la carrera y dijo mi profesor de técnicas de modificacion de conducta… Por fin un psicólogo en la tv haciendo lo correcto… En ese momento me pareció taaan bien… Conductismo, normas, sistema de premios y castigos… Yo no sé q aplicarė en el futuro, aprendí a no juzgar… Xo espero poder seguir tu camino. Un besito y enhorabuena súper mamá!!

    1. Gracias por tu comentario Irene. Yo creo que todos hemos caído en «la trampa» pero luego uno decide si quiere tratar a su hijo como a una rata de laboratorio o como a una persona, como a un igual.

      Un abrazo 🙂

  2. Laura et llegeixo i sembla que m’estiguis describin a mi i a la meva filla. Comparteixo tot el que comentes, a mi m’ha passat exactament el mateix i tambe estic molt orgullosa de la meva lluita perque en recullo uns bons fruits!
    Salutacions

    1. Què bé Cristina!

      És meravellós veure com els petits van fent-se segurs i decidits per sí mateixos, al seu ritme.

      Una abraçada 🙂

  3. Fantástico Laura! Lo q es una pena es q esto nos resulte, bueno les resulte, extraño a tanta gente. Yo no concibo otra manera de hacer las cosas. He tenido q soportar muchas criticas en mi propia casa pero el tiempo me ha dado la razón. Mi hija tiene 7 años y es una niña independiente, participativa, cariñosa, muy empática, trabajadora, come y duerme genial….. Y todo esto «a pesar» de que ha tenido su teta hasta q ha querido (4 años), ha dormido y duerme conmigo siempre q quiere, la he porteado y cogido en brazos todo lo q he podido, jamás la he dejado llorar sola, no la he obligado a comer, nunca ha sido castigada.. En fin, todo eso q hacemos las malas madres.
    Muchas gracias por tus palabras, son muy muy reconfortantes.

    1. Gracias a ti por tu comentario Maria. Tu experiencia es un golpe de confianza porque, a pesar de que cada niño tiene su propio carácter, demuestras que todo «lo que hacemos mal» no sólo no les perjudica sino que les hace mucho bien.

      Un abrazo 🙂

  4. Yo no creo que exista una sola manera correcta de educar a un niño. Puedo coincidir en algunas cosas contigo pero en otras estoy muy desacuerdo. Yo solo me baso en querer a mis hijos con toda mi alma y si alguna vez los tengo que obligar a algo lo hago por que creo que es lo correcto. Mis niños son buenos, educados, comen y duermen bien y lo mas importante son felices así que mi «método» aunque distinto tb es valido. Un saludo Laura

    1. Gracias por tu comentario Antonio, agradezco mucho un comentario masculino 🙂 . Faltaría más que todos estuviéramos de acuerdo en todo.
      De todas formas, si lo que les «obligas» a hacer es lo correcto, no me cabe duda que terminarían haciéndolo por iniciativa propia. A veces no se trata de un conflicto de intereses sino de un conflicto en nuestra «prisa» y en nuestra escala de valores a la hora de determinar lo «importante».

      Un abrazo 🙂

  5. Que bien lo has descrito, solo cuando somos madres podemos percibir lo maravilloso que es es tener a un hijo, y el hecho de poderlo criar con todo ese amor y ese cariño maternal, hace que lo criemos de la mejor forma posible, criarlos con amor y respeto, con todo el cariño y no dejarles nunca sufrir, menos cuando tan pequeñitos y indefensos, es duro el camino pero ellos nos lo agradecerán toda la vida ! Un besazo

    1. Sí Mariela, la maternidad le cambia a una la percepción de lo que importa y la percepción del tiempo. Supongo que, al final, el mejor método es la ausencia del mismo y muchas dosis de instinto y empatía. Y no importa si nos lo agradecen o no, la tranquilidad que da el hacer las cosas desde el corazón es la mejor recompensa.

      Un abrazo 🙂

  6. Es gratificante leer textos como el tuyo cuando una comparte la experiencia de la maternidad. Sé bien que siempre ha habido madres, pero creo que en estos tiempos se abre una brecha entre la crianza desde nuestros abuelos hasta nosotros y es aquí donde muchos padres queremos cambiar algunas (o muchas) cosas de la crianza tradicional, lo que nos trae dudas y siempre habrá opiniones encontradas, o al menos es mi humilde opinión. Sin embargo, leer mujeres bien plantadas que aceptan este reto haciendo caso a su propio instinto a pesar de las experiencias propias o ajenas, me reconforta mucho porque sé que no sólo yo me desespero, lloro y dudo, y eso está bien, siempre puedo cambiarlo todo. Estoy en proceso de mejorar como madre, y eso que plasmas es lo que procuro hacer: respetar a mi pequeño, recordar que es muy pequeñito y si no sabe comunicarse como los adultos, menos controlar sus emociones (las que sean), y eso último es lo que me ayuda horrores, porque de inmediato la paciencia llega y el amor fluye con mayor fqacilidad (si es que eso es posible). Gracias por compartir tus experiencias.

    1. Hola Milagros,

      Gracias a ti por tu comentario.
      Estoy totalmente de acuerdo contigo, lo más difícil (para mí) es romper con el estilo de crianza que nuestros padres nos han brindado con la mejor intención del mundo. Es por ello que recibimos tanta incomprensión y que muchas veces entramos en conflicto ya que para ellos es muy duro porque piensan que si quieres hacer las cosas de un modo distinto es porque crees que lo hicieron mal.

      En definitiva, lo realmente importante es seguir nuestro instinto y escribir nuestra propia historia.

      Un abrazo 🙂

  7. Hola. Que bueno me parece este texto. Siempre leo sobre la crianza respetuosa y me parece buenísimo que des ejemplos claros. Es lindo criar así a nuestros hijos, puede que sea agotador a veces pero es, a mi juicio, la mejor manera de disfrutar su presencia en nuestras vidas.

    1. Hola Sara!

      Sí, a veces resulta agotador porque tenemos que luchar contra nosotras/os mismas/os y lo que nos han enseñado directa o indirectamente. Pero estoy convencida de que tomando conciencia de cómo queremos criar a nuestros pequeños, día a día iremos mejorando y dejando atrás todas nuestras sombras.

      Un abrazo 🙂

  8. Compartido!!! Me he sentido identificada al 100%… Llevo tres meses y medio desmontando esos esquemas que toda no-madre piensa que aplicará…. Desde que comencé a sentirla en mi interior, sabía que nuestra pequeña me enseñaría otra manera de hacer las cosas y cuando la tuve en mi pecho por primera vez, tuve la certeza de que no era una lucha de poder, sino de amor y respeto. A pesar de eso, tenemos grabado a fuego muy lento los otros «métodos» y, hay momentos, en los que he dudado (también por los «consejos bienintencionados y no-pedidos»)… Gracias a estas lecturas y, por supuesto, al apoyo incondicional del papá, estos momentos se han extinguido. Muchas gracias!!!!

    1. Muchas gracias a ti Cristina por leerme y comentar 🙂

      Si hemos tenido la fortaleza de aceptar que algo en nuestra forma de entender la vida y las relaciones (o lo que nos han enseñado a hacer) no nos gusta y hemos decidido cambiarlo, podemos con todo lo que se nos ponga por delante por complicado que sea.

      Un abrazo y feliz crianza 🙂

  9. Me ha encantado! Cuesta mucho luchar a contracorriente, y estar escuchando comentarios como te tiene el punto cogido, no sabe diferenciar de necesidades y apetencias ( a un bebote de 11 meses), se va a pasar de tu teta a la de su novia… dale cereales hidrolizados, no toma chupete??? Lo llevas en eso? Tendrás la espalda rota!! y un largo sin fin… que es muy gratificante encontrarte que no estás sola en el camino, GRacias!

    1. Jajaja Esther, me suenan todas esas frases 😛

      Por supuesto que un bebé no sabe diferenciar entre necesidades y apetencias… porque para él no hay diferencia, todo son necesidades por poco «vitales» que sean.

      Muchas gracias a ti por leerme y comentar, eso sí que es gratificante.

      Un abrazo 🙂

  10. Me parece que estás muy, pero que muy confundida. Respetar a tu hija de dos años no es dejar que ella gobierne su vida como si tuviera ya veintidós, sino estar a su lado y ponerle límites cuando es necesario. ¿Que la niña no quiere cambiar el pañal y la dejas? Me parece una desatención asombrosa a su higiene. ¿Acaso ella es conciente de que si no se lo cambia, tendrá la piel llena de escoceduras? ¿Dejarla sin calcetines o sin una prenda de abrigo cuando es necesaria? ¿Sabe tu hija de dos años que puede coger un resfriado? ¿Qué harás si se empeña en meter los dedos en un enchufe o coger el cuchillo jamonero? Querida, eso no es respeto, eso son pamplinas de la plaza mina. Estás dejando en manos de tu hija decisiones que no le corresponden y cargando sobre ella un peso para el que no está preparada. ¿También elegirá ella su cole o los menús familiares? Dices que no la obligas a hacer algo que no quiere. Pues mira, todos tenemos que hacer cosas que no queremos, que no nos gustan o no nos apetecen, los niños también. ¿Qué harás cuando tenga que tomar una medicina que no le gusta, cuando tenga sí o sí que ir al médico y no quiera entrar en la consulta o cuando tenga que ir al colegio? Todos preferiríamos vivir en jauja, pero eso no es real y los niños también tienen en la medida de sus capacidades obligaciones. Ahora tu hija es un bebé de dos años y todo es mucho más simple, pero crecerá, y se convertirá en una niña que no habrá interiorizado normas, que creerá que el mundo es como su mami y no pasa nada si falta al cole porque está más a gusto en la cama o que todo tiene que girar en torno a su santa voluntad. Y para enseñarle todo eso no tienes que castigarla. En eso tienes razón: es absurdo que porque haya dejado de hacer tal hoy el fin de semana no tenga cual, pero sí tiene que conocer las consecuencias de sus actos, que si no se pone los calcetines y los zapatos no puede salir a la calle, que si no se cambia el pañal le va a doler el culito y por eso hay que hacerlo quiera o no. Y cuando son tan pequeños que todavía no entienden razones no queda más remedio que obligarlos. Eso es respeto, respeto a su salud, a su integridad, a su formación, a su futuro. Y en lo de las etiquetas también te confundes: una cosa es poner un sambenito a un niño como tonto, maleducado o torpe, y otra usar adjetivos. Tu hija ES muchas cosas: es linda, bella, inteligente, rubia, o morena, o castaña o pelirroja… y no pasa nada por que se lo digas. Es una manera de que empiece a conocerse a sí misma. Nada peor que niños que ni siquiera saben cómo son. Creo que tú eras una persona que tenías una opinión muy severa sobre la educación y los niños y, por la ley del péndulo, te has pasado al otro extremo. Te invito a que revises tus principios pues todos los extremos son nefastos.

    1. Hola Ignacio,

      Después de leer tu comentario quería responderte tantas cosas, darte tantos argumentos, citarte tantas fuentes y darte tantos ejemplos que después comprendí que no merecía la pena hacer otro post dentro de éste. Así que me limitaré a responderte lo más directamente de lo que soy capaz.

      En primer lugar, quiero decirte que lamento profundamente que hayas elegido precisamente un post titulado «Amarla y respetarla, hasta que la muerte nos separe» para decidir perderme el respeto desde la primera frase de tu comentario. Y sí, decirle a alguien que está muy confundida con su forma de entender las relaciones y la vida es perderle el respeto. Dar por supuestas cosas que hago o dejo de hacer con mi hija y poner cosas «en mi boca» que yo no he dicho u omitir otras que sí he dicho, es perderme el respeto. Decir que la forma en que creo que merece ser tratada toda persona (y, por supuesto, mi hija es una persona de pleno derecho) son «pamplinas de la plaza mina», es perderme el respeto.

      En segundo lugar, yo no he dicho en ningún momento que mi hija no hace las cosas que yo considero que tiene que hacer. Lo que he dicho es que no la obligo a hacerlas que es muy distinto. «No obligar» no significa «pasar», significa buscar una alternativa o un punto de encuentro para hacer las cosas de común acuerdo. No sé si eres padre, pero creo que cualquier padre del mundo (tenga la filosofía de vida que tenga) estará de acuerdo conmigo en que cuando un niño se niega a hacer algo AHORA, si no se le fuerza a hacerlo, es muy probable que al minuto siguiente esté dispuesto a hacerlo y es muy probable también que decida hacerlo por iniciativa propia. Si no me crees, te invito a que hagas la prueba (después no vale decirle al niño «ahora sí que lo haces, ¿no?, cuando te da la gana a ti»).

      En tercer lugar, que mi hija no quiera ponerse la chaqueta no significa que no sepa cuando tiene frío. Lo sabe perfectamente porque su piel le transmite una sensación a su cerebro: mi hija es pequeña, no discapacitada. Cuando mi hija se niega a cambiarse el pañal suele ser porque soy yo quien considera que lleva mucho rato con el mismo aunque solo se haya hecho un poco de pis, cuando tiene caca es ella quien te pide que se lo cambies: mi hija es pequeña, no un gorrinillo. Mi hija no mete los dedos en los enchufes, primero porque no le llaman la atención y segundo porque para eso están sus padres que, cumpliendo con su deber de proteger a su retoño, han tapado los agujeros convenientemente con sistemas de seguridad adecuados; cuando más seguro es un espacio menos precauciones es necesario tomar: cuidamos de nuestra hija sin necesidad de atosigarla. Mi hija no coge el cuchillo jamonero (ni ningún otro objeto peligroso) porque sus padres se han encargado de guardarlo en un lugar inaccesible para ella: confiamos en nuestra hija pero sabemos hasta dónde puede entender y razonar un bebé de menos de dos años.

      En cuarto lugar, mi hija no elegirá a qué colegio debe ir, pero si al colegio al que la llevemos no le gusta y no se siente bien en él la escucharemos, buscaremos una solución en familia y si no encontramos una solución que nos satisfaga a todos, haremos lo posible para encontrar un lugar mejor para ella. De los menús familiares no digo nada porque dudo mucho que haya algún ser humano que tenga hijos que no haya modificado un poco su menú familiar, para bien o para mal.

      En quinto lugar, es absolutamente falso que mi hija no tenga límites. Los padres, desgraciadamente, nos pasamos el día diciendo que NO (no en vano una de las primeras fases reconocibles en la maduración de los pequeños es la fase de negación): mi hija sabe que NO se pega, mi hija NO puede correr por encima del sofá, mi hija NO puede jugar con el horno, NO puede jugar con la cristalería, NO puede abrir el armario de los artículos de limpieza y, aunque no entrañe ningún peligro para ella, NO puede jugar con los vinilos y los CD’s de Papá y Mamá porque a nosotros no nos apetece que lo haga. Podría seguir pero no creo que te interese demasiado.

      Por último, los niños aprenden más del ejemplo que de la teoría. Mi chico y yo somos personas que intentamos respetar siempre a todo el mundo, somos personas trabajadoras que saben valorar las cosas en su justa medida (las cosas son sólo cosas), somos personas que acatamos las normas pero que nos revelamos contra las injusticias (una injusticia es algo que, en beneficio de uno, perjudica a un tercero), somos personas que prescindimos de prejuicios (aunque a veces sea complicado). Mi chico y yo somos personas felices que nunca agredimos o perjudicamos a nadie. ¿Que mi hija se puede convertir en una delincuente? Puede ser, pero nosotros no se lo habremos enseñado, no todo va a ser mérito nuestro. ¿Que mi hija puede ser una anti-sistema? Si eso significa que no acepta que la mangoneen, esclavicen y sometan… ojalá.

      Y ahora sí, para concluir (y eso que no quería alargarme) sólo me queda invitarte (utilizando tus mismas palabras) a que te informes a fondo sobre qué es un niño y qué se puede esperar de él en cada etapa de su crecimiento y desarrollo cognitivo, y recomendarte, entre otras, las siguientes lecturas:

      -El niño feliz de Dorothy Corkille Briggs
      -La crianza feliz de Rosa Jové
      -Ni rabietas ni conflictos de Rosa Jové
      -Creciendo juntos de Carlos González
      -Bésame mucho de Carlos González
      -Por tu propio bien – Raíces de la violencia en la educación del niño de Alice Miller
      -Cómo hablar para que sus hijos escuchen y cómo escuchar para que sus hijos hablen de Elaine Mazlish y Adele Faber
      -Límites o estructura emocional de Laura Gutman
      Los niños como enemigo de Laura Gutman
      -Revista Mente Libre (http://www.mentelibre.es/)
      -Pedagogía Blanca (http://www.pedagogiablanca.com/)

      Gracias por tu comentario,
      Un abrazo 🙂

  11. Ahora resulta que darte una opinión contraria a la tuya es faltarte al respeto. ¡Huy, chica, qué fina tienes la piel! Pues mira, yo no me ofendo a pesar de que tú me has llamado poco respetuoso, que ya sabemos que las opiniones son como el lugar donde la espalda pierde su honesto nombre, que todos tenemos uno.

    Gracias por la ristra de lecturas de gurús de «cómo convertir a su hijo en un futuro delincuente», pero me los conozco a todos, desde la iluminada de la Gutman que va soltando por ahí perlitas como las últimas sobre los pederastas, hasta el médico estrella de las mamis pijoprogres, pasando por la psicóloga que más niños de altas capacidades ha diagnosticado en España (se ve que eso de halagar el ego de los papás con lo de las altas capacidades es un pingüe negocio). Como ves, yo también me informo.

    Y sí, soy padre y tengo pareja. Y somos muy felices, tanto nosotros como nuestro hijo y nuestra hija. Son un adolescente y una niña que han crecido conociendo sus derechos, pero también sus deberes, siendo respetados en todas las etapas por las que han pasado, en las que han ido descubriendo lo que la vida representa y en los que han sido guiados y acompañados por su madre y por mí, como lo que somos, padres, y no coleguillas, adultos con más experiencia y más conocimientos que ellos y sabiendo lo que es un sí y lo que es un no. Niños que no han estado perdidos porque han tenido límites claros, niños que han comprendido que no siempre se tiene todo lo que se quiere y que a veces hay que esperar para conseguir lo que se desea. Niños a los que se ha escuchado, pero que han tenido a veces que acatar cosas que no les gustaban, pero que eran necesarias. Niños que han sabido quiénes son y cómo son porque su padre y su madre se han encargado de ello, sin etiquetas negativas, pero sí con adjetivos que les han ayudado a comprender su realidad y la realidad de los demás. Niños a los que se ha enseñado que las acciones no son neutras, que traen consecuencias y que estas a veces no son agradables. Niños, que han jugado juntos lo mismo con muñecas que con coches, a saltar a la comba lo mismo que a montar en bicicleta. Niños que han ido teniendo poco a poco obligaciones acordes con su edad y que han tenido que realizar sí o sí, lo mismo que su madre y yo, lo queramos o no, salimos todas las mañanas a trabajar, tenemos que mantener limpia la casa, hecha la comida y lavada la ropa.

    Me alegro oírte que a pesar de no querer contravenir nunca a tu niña te has dado cuenta de que hay veces que no hay más remedio que hacerlo porque hay cosas más importantes en juego. Pero, créeme: es muy pequeña. Ahora a lo mejor te vale lo de la distracción, que en el fondo no deja de ser otra forma de lo que tú llamarías «manipular su voluntad», pero deja que pasen unos años. Entonces, cuando se enrabiete con algo te aseguro que va a ser mucho más complicada la técnica de «cambiarle de tema». Ahora la puedes distraer haciéndola reír para cambiarle ese pañal que no quiere quitarse mientras le haces morisquetas, pero te aseguro que con siete años cuando te pida la luna no habrá técnica de disuasión posible. Y eso por no hablar de la adolescencia. En fin, como decía mi abuela: «La niña no es mía».

    1. Hola de nuevo Ignacio,

      Inviertes casi más tiempo en mi blog que yo, te admiro. No voy a entrar en una eterna discusión porque al final no estamos diciendo cosas tan distintas.
      Sobre la filosofía de crianza que elige cada uno no hay nada más que decir, en este caso hay dos caminos y yo elijo el que quiero del mismo modo que tú eliges el que tú quieres. Ninguno es más correcto que otro, simplemente cada uno elige el que le hace sentir más cómodo.

      Sigues suponiendo y poniendo cosas en mi boca que yo no he dicho pero no voy a volver a entrar en explicaciones que no llevan a ninguna parte.

      Respecto al tema de perder el respeto, ni yo tengo la piel muy fina, ni tú te has limitado a presentar una opinión o punto de vista diferente, ni en ningún momento he dicho que estés educando mal a tus hijos. Me perdiste el respeto en tu primer comentario por referirte a mi exposición como un craso error y suponiendo que mi hija no recibe una educación adecuada y me vuelves a perder el respeto en este comentario «basureando» las lecturas a las que hice referencia (vuelves a descalificar en lugar de verter una opinión).

      Como ya he dicho, no voy a entrar en un debate eterno que no nos llevará a ningún lado y porque si tratas a tus hijos tal y como describes, créeme que no estamos tan lejos. Mi hija no es una asilvestrada que corre como pollo sin cabeza destruyendo todo a su paso, es una niña con la que se puede ir a todas partes, que colabora a menudo en todo lo que se le propone, que tiene carácter pero que dentro de sus capacidades atiende a razones y es una niña que en cada etapa de su crecimiento recibirá una atención acorde al momento que esté viviendo.

      Por último, sólo me queda felicitarte por tu familia y desearte que sigáis siendo siempre tan felices.

      Un saludo

    1. Hola Juliana,

      Muchísimas gracias por tan amables palabras aunque me sonrojo con facilidad. Es reconfortante que alguien valore el cariño que una le pone a las palabras… incluso cuando son para defenderme.

      Un abrazo 🙂

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