19 de marzo: Feliz Día del Padre…Presente

Para empezar, quiero confesaros que he tenido un dilema con este post. No sabía bien dónde debía ubicarlo, si en la categoría Notas o en la categoría Soy Madre. Finalmente, me he decidido a publicarlo en Soy Madre por una simple razón: lo he escrito como pareja, como hija, como amiga pero, sobre todo, lo he escrito como la Madre de la hija del Padre al que le dedico esta entrada con todo mi amor y mi respeto.

Antes de convertirnos en Padres, fuimos hijos. Y por ahí quiero empezar, porque lo que vivimos y recibimos de nuestros padres nos convierte en los progenitores que seremos. Por huir de sus enseñanzas o para desarrollarlas; por exceso o por defecto; para parecernos o para diferenciarnos, ellos son nuestro principio y nuestros hijos nuestro final.

Mi Padre, Roberto. ¿Por dónde empezar? Roberto fue un niño sin madre y, ahora que ando inmersa en el activismo de la maternidad consciente y la crianza con apego, entiendo tantas cosas sobre sus carencias que ya no haría falta decir nada más. Roberto, como tantos otros pequeños de los años 50, contrajo la Polio y a punto estuvo de perder las piernas, esas piernas que nos daban tanto juego en verano cuando no quería ir a la playa (nunca supe por qué no le gustaba la playa con lo que le gustaba el mar, lo que sí sé era lo chistosas que le quedaban las bermudas con esos palillos blancos que lo sostenían y que tanta gracia tenían para bailar). Roberto estuvo enfermo, Roberto no tenía madre. El padre de Roberto era un viva la Virgen, genio y figura al que todo el mundo quería pero que nunca cambió su vida por nadie a pesar de engendrar a cinco hijos con tres maravillosas mujeres distintas. Roberto se crió con su madrina, una viejecita ciega que a duras penas podía encargarse de él más de lo que necesitaba que él se encargara de ella.

Roberto creció solo rodeado de gente. Roberto conoció a la mujer de su vida. Roberto se convirtió en padre. Roberto…pocas veces estuvo a la altura, aunque nos amaba locamente, fue a menudo un Padre ausente. Profundamente respetuoso con sus mayores, educado, leído, amante de la buena música, la historia y la literatura y bailarín empedernido, le debo a él gran parte de lo que soy y de lo que no soy. De él aprendí muchas cosas buenas y también aprendí a huir de sus cosas malas, por eso hoy: admiro a mi pareja tanto de puertas para afuera como de puertas para adentro; en mi casa no hay gritos –levantarle la voz a la persona que amas es quizá una de las formas más hirientes de perderle el respeto-; no quiero perderme ni un segundo de la vida de mi hija, ni un solo hito de su aprendizaje; muestro mi amor abiertamente a la pequeña gran familia que he creado, les beso, les abrazo, les canto, les amo. Hoy, intento no buscar la aprobación de nadie más que la de aquellos que me conocen bien y me aman sin condiciones; a mi pareja y a mi hija les transmito con mis actos que estoy presente y lo estaré siempre que lo necesiten, y cuando no lo necesiten también. Aprendí a respetarme de tanto verle a él perderse el respeto. Aun así, amé a mi Padre casi tanto como le peleé, y hoy, que le he comprendido y perdonado, lo amo y extraño cada día por enseñarme tantas cosas a pesar de dejar de recibir otras tantas.

Pero ahora soy Madre y conozco al Padre más maravilloso del mundo: Tomás. No voy a entrar en las enseñanzas que ha recibido, no voy a entrar a valorar de qué huye en su aprendizaje y a qué busca parecerse –si es que lo hay- porque eso sólo lo sabe él, es íntimo, es personal. Dónde sí voy a entrar es a valorar la maravillosa transformación que ha experimentado, ya que ha pasado de ser un ser humano extraordinario a ser un extraordinario Padre.

Leía ayer a Mireia Long en su introducción del libro Una nueva paternidad, en la que decía que “Desde que comencé mi propio camino como madre y como activista de la maternidad y la crianza consciente eché de menos a los padres. Rara vez participaban en las redes virtuales y rara vez acudían a reuniones de crianza, cuando lo hacían, se solían mantener al margen, apenas hablaban o participaban, algunos dormitaban o daban vuelta con aire desconcertado. (…) su actitud demostraba que eso de las preocupaciones de crianza y la necesidad de hablar con otras personas era cosa de la madre, no de ellos. (…) Otros se sentían extraños rodeados de mujeres, desacostumbrados a compartir este tipo de vivencias”. Una sonrisa de satisfacción se dibujaba en mi rostro a medida que iba leyendo, pues Tomás, mi pareja, el Padre de mi hija, no tiene nada que ver con esta descripción y eso me llena de orgullo y más amor.

Tomás ya era un padre maravilloso, comprometido e implicado desde antes de quedarnos embarazados, así que, al conseguirlo, sus virtudes fueron creciendo. A veces pienso que nacimos para ser los padres de nuestra bebé, algo así como nuestro destino, nuestra misión. Tomás asistió a todas las revisiones, análisis y ecografías del embarazo; vino a todas las clases pre-parto que pudo (que fueron casi todas) y no sólo no deambulaba si no que participaba en ellas tanto o más que yo. Como veis no digo que me acompañó porque no era algo que hacía yo, era algo que hacíamos los dos y así siguió siendo después del parto y hasta hoy.

Entonces, una hermosa, soleada y fría mañana de enero, nuestra pequeña se asomó al mundo bajo la atenta mirada de su padre que fue el primero en verla -cómo envidio esa imagen que sólo él conoce- y el primero en achucharme orgulloso tras tanto esfuerzo bien hecho. Desde ese primer instante en que nuestra pequeña le abrió los ojos a la vida exterior, supe que tendría a mi lado a nuestro mayor protector y a nuestro mayor valedor.

Se dice de nosotras que tras parir somos lobas o leonas celosas y vigilantes con nuestras crías, pero Tomás es todo un león sin quien nuestra lactancia, nuestro porteo, nuestro piel con piel, en definitiva, nuestro puerperio, no hubieran sido los mismos. Tomás ha comprendido y velado por todas y cada una de nuestras necesidades, nos ha cuidado, aguantó estoico mis primeras largas semanas de revolución hormonal brutal y aceptación de mi nuevo rol, entendió y apoyó mis dos meses de excedencia laboral con el fin de preservar la lactancia y poder respetar los tiempos de nuestra bebé sin tener que empujarla a hacer cosas para las que no estaba preparada. Ha confiado ciegamente en mí y defendido cada una de mis decisiones en todo momento, especialmente con la lactancia y con la introducción de los sólidos a través de la técnica del baby led weaning (sin papillas), a pesar de que al principio estaba algo temeroso y a pesar de las críticas que recibimos y que se ha demostrado que eran infundadas y erróneas (aunque nadie se ha retractado por ello).

Tomás se ha levantado tantas noches como yo, pasa horas nocturnas con su bebé en brazos para que yo descanse…si no fuera porque los pechos los tengo yo, Tomás sería quien contaría con menos horas de sueño en esta casa y sin quejarse (no como yo que eso de dormir poco lo llevo fatal).

Tomás juega con su bebé de una forma tan creativa que estoy convencida de que nadie tiene a su niño interior tan bien conservado. Tomás es un perfecto Padre Presente. Tomás canta, ríe, abraza, besa, acuna, portea, colecha, habla y respeta. Tomás Ama, así, en mayúsculas.

Por todas estas virtudes y sus casi inexistentes defectos, estoy segura de que nuestra bebé no tendrá reproche alguno que hacerle el día de mañana. Estoy convencida de que nuestra pequeña estará tan orgullosa de su padre como él lo estará siempre de ella.

Por mi parte, hoy beso la memoria de mi padre que sigue vivo en mí y le deseo a Tomás, el hombre más importante de mi vida, un felicísimo Día del Padre. Te amamos hermoso, sin ti nada sería igual. ¡Gracias eternas!

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