Ya está aquí 2016

Ya está aquí 2016. Y, sea porque me siento más cómoda durante los últimos meses del año que durante los primeros, sea porque mi inspiración parece seguir de vacaciones (quizá se quedó en Ipanema o colgada del Monumento a la Bandera en Rosario), sea porque no acabo de dejar atrás la vorágine de regalos y citas de las fiestas que ya me veo inmersa en los preparativos del cumpleaños de mi pequeña manzana, la cuestión es que ando de huelga de teclas caídas.

Aun así, tenía ganas de pasarme por aquí. A saludar. A sacar la patita y recordaros que sigo viva. Que sigo en pie. Que, aunque mis hormonas parece que van relajándose y mi sangre ya no hierve al primer chispazo, sigo pensando más de lo que tengo ocasión de escribir y sigo maternando con los cinco sentidos y con la intuición y el instinto a flor de piel.

La verdad es que aún ando un poco a rastras recuperándome de un viaje largo, correoso y tan cargado de emociones que reponerse es un trabajo arduo y que requiere de un tiempo que la vida y el trabajo no nos dan. Viajar a nuestra otra casa y visitar a esa otra familia a la que sí elegimos y a la que tan poco podemos abrazar, siempre me devuelve la maleta llena y el corazón rebosante de amor, tristeza, añoranza, alegría, agradecimiento y lamentos. A veces, creo que el avión da vueltas de más y tarda trece horas en cruzar el charco para que puedas plantearte toda tu vida y calcular dónde es más factible tu futuro.  Por mi parte, parece que el Mediterráneo tiene una difícil competencia… todavía. O no. No lo sé.

Un largo viaje, un gran crecimiento

La cuestión es que hemos pasado unos maravillosos veinte días, con sus respectivas veinticuatro horas, los tres juntos. Hemos dormido los tres juntos, todos los días, sin preocuparnos por que Papá descanse bien para su larga jornada laboral, o sin preocuparnos porque Mamá no descanse en toda la noche y pase el día arrastrándose. Nos hemos levantado los tres juntos… tarde, tardísimo y casi del tirón (¡no lo podía creer!). Entre risas, besos, abrazos y juegos. Hemos teteado mucho, en todas partes, a todas horas, como hacía tiempo que no teteábamos (y eso que llevamos un ritmo frecuente e intenso). La pequeña manzana ha jugado mucho con otros niños fuera de nuestras miradas pero siempre cerca de nuestros brazos (iba y venía de una habitación a otra como para cerciorarse de que seguíamos ahí). Ha disfrutado de otras compañías, de otros brazos, de otros besos pero siempre ha vuelto con más pasión con Papá y Mamá.

Las nuevas experiencias y, por qué no decirlo, el cansancio que supone un viaje de estas características (33 horas de ida, 36 horas de vuelta), nos han dejado algunos momentos de tensión. Nuestra hija, que está a punto de cumplir tres años, se explica mejor que nunca, tiene más vocabulario que muchos adultos que conozco, pasa del catalán al castellano con una facilidad pasmosa, ha vuelto con acento argentino, sabe lo que quiere y cómo pedirlo pero también está en un momento difícil de reafirmación e identificación del YO que la lleva en algunas ocasiones a verse desbordada por sus sentimientos y sus frustraciones.

Me he llevado algún manotazo, fruto de la frustración, que creo que no he gestionado cómo me gustaría. Supongo que tendría que ayudarla a identificar lo que siente y poner en palabras lo que la ha llevado a darme el manotazo. Supongo que tendría que explicarle muchas cosas, con calma, con empatía y con mucha paciencia; pero los manotazos sólo me los he llevado yo y eso me envuelve en una espiral de frustración, rabia, desconcierto y tristeza que me cuesta mucho canalizar en algo que suene más constructivo que lo que consigo decir “No se pega, me haces daño y me pongo triste. Si alguien te pega es que no te quiere. Nosotros no pegamos. No se pega. Nunca. A nadie”. Y ahí me quedo. Se me para el cerebro, me bloqueo y soy incapaz de ser más resolutiva.

Pero hay muchas cosas positivas que saco de este viaje:

-distintas personas me han felicitado por tener una niña tan independiente y sociable.

-todos se han sorprendido de que mi hija no se haya sentido extraña en ninguna parte y haya acogido a todos nuestros seres queridos como si no le fueran desconocidos.

-todos los niños y niñas querían jugar con ella y ella quería jugar con todos/as. En parte movidos por la novedad y, en gran medida, movidos por el buen carácter y predisposición a las relaciones sociales de mi hija. (Tendríais que haber visto cómo se comía mi hija a besos a una de las niñas que tiene un año más que ella y que todos tildan de tener un carácter complicado… tiene reacciones un poco noveleras pero está claro que mi hija supo ver lo maravilloso que hay en ella)

-una persona sensorialmente y sensiblemente extraordinaria, se sorprendió de la capacidad de empatizar tan maravillosa que tiene mi hija para ser tan pequeña.

-se hizo amiga de una perrita. Esto puede parecer una tontería pero al principio le daba pánico y ella solita, con nuestro acompañamiento y nuestra casi nula intervención, transformó ese miedo en experimentación y esa experimentación en cariño. Ser testigo de su evolución ha sido uno de los mayores regalos que nos deja este viaje.

-fue y dejó de ir con quién quiso, cuándo quiso y cómo quiso. Eligió compañías y momentos. Nos dio la espalda muchas veces y voló sin miedo, segura.

-volvió. Siempre. Con más fuerza. Con más intensidad. Buscó tranquilidad en nosotros cuando estuvo cansada, nuestros brazos cuando estuvo triste o enfadada y nuestro amor cuando estuvo feliz. Volvió. Siempre. Con más fuerza. Con más intensidad. Me quedo sin palabras, no puedo explicarlo mejor porque me lo guardo para mí.

-nos reafirmó que somos sus personas favoritas. Con nosotros es ella misma, por completo, sin filtros, en todas sus facetas y en toda su intensidad.

-al volver, estuvo muy alterada los primeros días pero era de esperar con tantos regalos y familia que la estaban esperando. Sin embargo, pasado el tsunami del regreso, no sólo está más tranquila sino que he notado que auto-gestiona mejor las emociones y… está más cariñosa y besucona que nunca. Literalmente, muero de amor.

-he aprendido que el riesgo de ser sus personas favoritas y, en mi caso, el riesgo de ser esa parte de ella de la que se está separando, ese puerto seguro, esa “casa”, es que nos toca comernos todo “lo malo” (y, por supuesto, deleitarnos con todo lo bueno que es muchísimo más). He aprendido que sólo yo me he llevado sus manotazos porque sólo conmigo se deja ir por completo. Está tan segura de mí y conmigo, que me muestra lo peor porque necesita que yo le enseñe cómo hacerlo de otra forma. Y, ¿sabéis qué? Creo que, mi chico y yo, no lo estamos haciendo del todo mal porque cada vez se le da mejor gestionar esos momentos de tensión y cada vez se le da mejor escuchar y desbloquearse.

La rutina, un bálsamo

A aquellos que dicen que no se puede estar siempre sin trabajar o que no se puede vivir de vacaciones, sólo puedo decirles esto: PRFFF (pedorreta pa’ ti, y porque fuck you suena demasiado agresivo). Claro que se puede, ponedme a prueba. Eso sí, viajando. Mucho. Constantemente.

Pero como eso no es posible para la mayoría de los mortales mediocres como yo, la vuelta a la rutina después de un viaje tan convulso (sobre todo emocionalmente) resulta casi balsámica. La rutina, el trabajo, la guardería, las compras, las tareas no te dejan demasiado tiempo para regocijarte en el dolor de lo que dejas atrás; te empuja, te lleva a mirar hacia adelante, siempre hacia adelante. Y, al final, eres prácticamente un autómata.

Un momento. Ser un autómata no es bueno y va en contra de todo lo que quiero para mí y para mi hija.

Voy a autocorregirme: la vuelta a la rutina es un revulsivo. Te muestra lo que quieres cambiar en tu vida, te asfixia hasta que no te queda más remedio que abrir una brecha para respirar y, una vez abierta la brecha, el cambio es inevitable. Mucho mejor, ¿no? Ahora sólo falta ponerlo en práctica.

Venga, ya tengo el primer propósito de año nuevo: abrir una brecha en mi rutina y cambiar aquello que no me gusta. Con lo fácil que suena y lo complicado que es. ¡Allá vamos, 2016!… pero primero déjame enfocar mis esfuerzo en sobrevivir al tercer cumpleaños de mi pequeña manzana 😉

¡Feliz 2016 para todos/as! ¡Brindo por que este año no nos atropelle la vida y seamos nosotros quienes hagamos girar la rueda!

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