Un parto de manual… justo lo que no quería (Parte III)

Empecé esta serie de post hablándoos de nuestra decisión de pedirle a la familia que no se presentaran en el hospital hasta que les diéramos luz verde (podéis leerlo aquí) y haciendo énfasis en que los hospitales no son salas de reuniones y hay que comportarse en ellos con mucho respeto y lo más silenciosamente posible. En la segunda parte me metí en harina y os empecé a contar cómo se desencadenó nuestro parto: rompí aguas y entre miedos, dudas y toda la pena de mi corazón, tomamos nos hicieron tomar la decisión de aceptar la epidural (podéis leerlo aquí).

Hoy quiero hablaros de mi parto en sí, lo que conocemos como expulsivo (sí, lo sé, suena fatal pero es lo que es), del antes más inmediato, del durante y del después; de las falsas impresiones, de los tópicos y de los sentimientos encontrados.

Oxitocina, epidural y parto sin dolor

Cuando la comadrona se fue a buscar al anestesista, previo consentimiento firmado por mis miedos, eran las seis y media de la mañana. Tras desenchufarme ese trasto infernal y darme permiso para incorporarme, volví a recuperar la cordura y el control de mi dolor y de mis emociones. Sin embargo, ya era tarde: el parto medicalizado estaba en marcha.

Y ahí estaba yo, a las siete de la mañana, sola (cuando te ponen la epidural, tu acompañante no puede estar presente porque es una maniobra riesgosa que necesita la máxima asepsia posible), sentada en el lado derecho de la camilla del paritorio, mirando a la pared y sobrellevando lo mejor posible mis contracciones mientras esperaba a que el anestesista hiciera su aparición.

El anestesista llegó enseguida. Me lo presentaron (básicamente me dijeron su nombre que, evidentemente, no recuerdo) y aunque jamás le vi la cara, sí recuerdo que me habló con mucha calma y con un tono algo tierno. Quizá se había parado a leer mi plan de parto y sabía de mi fracaso, ya que en él mostraba mi deseo por tener un parto no-medicalizado, un parto natural, aunque especificando que si en algún momento no podía aguantar el dolor accedería sin problema a la anestesia peridural. Vaya, lo que viene siendo un fracaso personal en toda regla.

Yo que no quería medicamentos, que quería parir con los cinco sentidos, que quería dar rienda suelta a mis contracciones, que quería desbordar de oxitocina, que quería caminar mientras dilataba y sentir cómo bajaba mi bebé, que quería parir de pie o a cuatro patas aullando como una loba mientras mis manos recibían a mi pequeña cubierta de mis fluidos, me encontraba ahora sentada como un indio sobre la fría y dura camilla del paritorio aguantándome las contracciones y escuchando atentamente al anestesista que me decía <<apoya la barbilla contra tu pecho todo lo que puedas y, sobre todo, no te muevas>>. Más miedo.

Yo que en ningún momento del embarazo le tuve miedo al parto; que en ningún momento le temí al dolor; que entendía el dolor como parte del proceso mágico de ayudar a salir a la nueva vida; le tenía, sin embargo, verdadero pánico a la epidural. Me daba un miedo atroz eso de saber que me pincharían en la columna vertebral y que además me dejarían puesta una vía con un tubito por si fuera necesario darme otro “chute”, me infundían terror todas esas historias que todas hemos oído de parálisis, falta total de sensibilidad y dolores posteriores de meses de duración. Hoy sé que más peligrosa que la epidural es la oxitocina y que precisamente la anestesia te la tienen que poner al inyectarte oxitocina sintética porque ésta desencadena unas contracciones artificiales muy dolorosas que aceleran el parto pero que son insoportables (la oxitocina sintética, al contrario que la oxitocina que producimos de forma natural, puede inhibir el instinto de succión del pequeño complicando el establecimiento inmediato de la lactancia materna, además de poder dañar al bebé al provocar unas contracciones salvajes y demasiado seguidas que no dejan que el pequeño se recomponga entre una y otra, entre otras cosas que podéis consultar aquí), aunque también puede ser necesaria en el caso contrario ya que, al inyectarte la anestesia, el parto y la dilatación se ralentizan. Pero ahí estaba yo, con un pinchazo magistral de todo un profesional que logró que ni me enterara de que ya llevaba la vía puesta a media espalda y con la vía del brazo preparada para recibir mi dosis de oxitocina.

A partir de ese momento y hasta que llegó la hora de la verdad no recuerdo gran cosa más. Sé que entró mi chico, que me besó, que me dijo que durmiera un poco y que se sentó a mi lado en una butaca detrás del cabecero de la cama. Tal es el chute de anestesia que me dormí al instante y para cuando me desperté eran ya más de las ocho y media. La verdad es que, en parte, la anestesia se agradece porque después de llevar ingresada desde las cinco de la tarde no me vino nada mal ese ratito de relax absoluto: era como un Beatle de finales de los 60, era psicodélica, era Lucy… in the sky.

Desde las seis nadie más me había mirado para ver cómo iba “la cosa” y mi chico que estaba agotado y hambriento me dijo que tenía que ir al baño y que aprovecharía para desayunar algo rápido pero que enseguida estaría conmigo otra vez. Antes de irse le comentó a la comadrona que había de guardia que necesitaba salir un momento pero que hacía mucho rato que nadie me miraba, además de que empezaba a sentir dolores y que si podía echarme un vistazo. La comadrona vino, me miró y sin necesidad de tocarme le dijo a mi chico <<date prisa en ir al baño y no te entretengas porque la niña ya está aquí. Mira, ¿le ves el pelo?>>.

No me lo podía creer, no me había enterado de nada y mi bebé ya pedía paso. No sabía si era una suerte no haber sentido dolor o una pena haber perdido la oportunidad de escuchar y conocer a mi cuerpo acompañando a mi hija hasta la salida. La cuestión es que mi chico volvió rapidísimo (lógico) y yo, a pesar de no sentir dolor, no tenía la sensación de estar paralizada. Así que en cuanto entró la comadrona, apagó las luces, encendió el foco y nos pusimos todos manos a la obra.

Al principio, me encontraba incomodísima en esa postura (tumbada y haciendo fuerza con los pies apoyados contra el potro) pero tenía tantas ganas de empezar a pujar que no dije nada. Como no sentía nada, tenía la sensación de que empujaba y empujaba sin avanzar pero por lo que parece tenía aún más fuerza de la que creía porque apenas pujé cinco intensas veces agarrada de la mano de mi chico, cuando la comadrona me dijo que no pujara más porque mi bebé lo estaba haciendo todo ella solita. Mi chico pudo ver a nuestra pequeña saliendo despacio, ella sola, en paz. Parecía que todos los masajes que él me había estado dando en el periné durante las últimas semanas estaban dando su fruto y nuestra hija no encontraba apenas resistencia. Pero entonces la comadrona vio que la pequeña llevaba una vuelta de cordón y la sacó de un tirón provocándome un pequeño desgarro en el periné que se saldaría con apenas un par de puntos internos (otra cosa que no entraba en mis planes aunque en este caso no fue por episiotomía). Me pregunto si realmente la ocasión merecía tanta urgencia o, como se explica aquí, tanta prisa era del todo innecesaria.

Y ahí estaba ella, preciosa, sin apenas arrugas, mirándome como si me conociera de toda la vida, cubierta de vernix caseosa (esa grasita blanca/amarilla), algo intranquila (como siempre) y con demasiadas manos que la guiaban hacia el pecho cuando ella necesitaba su tiempo para encontrarlo sola… ¡Ay, si entonces supiera todo lo que sé hoy!¡Cuántas veces hubiera pedido tiempo desde que llegué al hospital hasta que me fui!

La cuestión es que, aunque me quedé con las ganas de saber si podía parir; aunque nunca sabré hasta dónde soy capaz de llegar; aunque mi hija fue recibida con medicación cuando yo quería procurarle todo lo contrario; a pesar de que me hubiera encantado ver mi parto, dirigirlo y poder participar activamente en él, soy consciente de que fui a parir a un hospital, de que, por desgracia, la mayoría de nuestros hospitales están obsoletos y para nada preparados para albergar partos naturales y respetuosos, de que el personal sanitario que atiende los partos en muchas ocasiones no tiene la información, la formación, la experiencia, el tiempo ni los medios para llevar a cabo el parto que yo quería. Por ello, dentro de todas las contrariedades, estoy orgullosa de cómo llevé mi parto porque aunque me dejé llevar por mis miedos y las directrices de los sanitarios, fui consciente en todo momento de lo que quería y de lo que estaba dejando de lado al aceptar “sus reglas del juego”, y aunque eso jugó en mi contra ayudando a que mi puerperio fuera de lo más tortuoso y lleno de fantasmas, todo salió bien, instauré exitosamente una lactancia materna que dura hasta hoy, mi hija es un bebé sano desde el minuto cero de su nacimiento y vivimos inmersos en el apego, la naturaleza de nuestra biología y el amor absoluto sin condiciones.

Soy consciente de que hay partos realmente traumáticos y que el mío no lo es demasiado pero estoy segura de que una gran parte de las mujeres que son madres sienten que hay algo en sua partos que no fue cómo esperaban o cómo deseaban y es absolutamente necesario dar voz a todos los casos, independientemente de que hayan tenido un final feliz o no, porque para cambiar las cosas primero hay que tomar conciencia de ellas.

A mí me encantaría que me contarais algo sobre vuestros fantasmas relacionados con el parto y las consecuencias que pensáis que eso ha tenido en vuestro posparto y en los primeros meses de vuestros bebés.

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6 Comments

  1. Y, además, mamá says

    Laura, yo también fue una yonki de la oxitocina, es tremenda. Entonces no sabía lo brutal que era y yo, ilusa de mí, pedí parir sin epidural. A las cinco horas la pedía a gritos porque aquello era insoportable. Me dio también mucho miedo cuando me la pusieron, sobre todo porque me hicieron muchísimo daño, no acertaron y tuvieron que repetirlo. Pero después me sentí tan bien por fin… me entraron hasta ganas de dormir. Pero a diferencia de ti sentí todo, pero con un dolor soportable.

    Creo que ya conoces cómo fue mi traumático parto, leo el tuyo y no me gusta que te sientas fracasada. Porque no es un fracaso. Parir con oxitocina no se parece en nada a un parto natural, como ya lo sabes. Pero tuviste algo muy parecido a un parto natural, a pesar de todo. A mí me ha parecido bonito, aunque sé que le darás muchas vueltas a lo ocurrido y pensarás todo el rato “y si”, por si se podría haber hecho de otro modo. Te entiendo, pero no te sientas culpable ni fracasada, porque no lo eres.

    Mi parto tampoco fue como deseaba y lo voy superando. Ahora miro hacia adelante y deseo con todas las fuerzas que, si hay otro, sea como quiero, o lo más parecido, al menos. ¡Un beso, Laura!

    1. Laura Blanch
      Laura Blanch says

      Hola preciosa!

      Sí, ya leí sobre tu parto y precisamente pensando en él (y en otros que conozco de cerca, desgraciadamente) escribí eso de < >. La verdad es que cuando leí tu post se removieron dentro de mí algunos sentimientos sobre mi parto que tenía algo silenciados, así que me serviste de inspiración aunque he tardado un poco en “vomitar” mi experiencia.

      La sensación de fracaso es inevitable cuando tienes las cosas tan claras y las deseas con tanta fuerza pero el tiempo va borrando ese sentimiento, sobre todo cuando ves lo bien que lo hiciste, que lo haces y lo bien que lo puedes seguir haciendo 🙂

      Lucho por ser una mejor madre cada día y aunque es dificilísimo porque nunca es suficiente, estoy orgullosa de la madre que soy.

      Un abrazo 🙂

  2. Iria says

    Qué reflejada me siento,parece que lo hubiera escrito yo!
    Me viene a la cabeza lo mismo…si hubiera sabido lo que se hoy…;)

    1. Laura Blanch
      Laura Blanch says

      Hola Iria,

      Desgraciadamente el parto parece todavía (e incomprensiblemente) algo tabú en nuestra sociedad y por mucho que nos intentemos informar al respecto durante el embarazo, casi siempre nos pilla “en bragas”. Aunque para las que repiten supongo que es mucho más fácil tomar las riendas de sus alumbramientos 🙂

      Un abrazo 🙂

  3. Pepa says

    Hola Laura. Nada que añadir a tu experiencia. Lo veo a diario en todas estas madres que vienen con esa idea tan edulcorada del parto que a la hora de sentir la realidad, el choque es tremendo. Y es que el dolor lo trastorna todo. Hace años me encontré con una mujer en una situación muy parecida a la tuya. Tras el parto, cuando le felicite por su hijo, me dijo que no sentía satisfecha consigo misma. Le llevo un tiempo comprenderse y aceptarse. Sus palabras, su historia, me llegaron tan dentro que al día siguiente comencé a escribí una novela sobre esa mujer que hablaba de fortaleza, coherencia, plan de parto. Te felicito por tu relato.Tengo la certeza de que ayudara a muchas mujeres en ese camino complejo y maravilloso del ser madre. Tiempo al tiempo Laura. Enhorabuena por tu maternidad.

    1. Laura Blanch
      Laura Blanch says

      Hola Pepa,

      En primer lugar muchas gracias por tu comentario y por tus palabras.

      En segundo lugar quiero matizar que siempre me he sentido satisfecha de lo que quedó en mis manos de mi parto, lo que lamento es no haber tenido la información o la formación suficiente para haber llevado el peso de la “operación” yo misma. Mi parto fue bueno, plácido y bien atendido dentro de las posibilidades de un parto medicalizado llevado a cabo en un hospital no-especializado en partos naturales. ¡Ah! Y jamás creí o esperé vivir un parto edulcorado, más bien esperaba tener un parto animal… yo quería gritar, quería rugir.

      De nuevo, gracias por comentar 🙂

      Un abrazo

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