¡Qué fea costumbre tengo de suponer!

Tengo que reconocer que ando algo desconectada de la realidad socio-laboral que me rodea. Entre que ser madre a tiempo completo no da mucho margen para mirar más allá del ombligo de mi bebé y que, afortunadamente, en casa trabajamos los dos, no estoy muy puesta en el tema desde hace meses. Mas una vive también en este planeta y, quiera o no, se ve salpicada por la realidad a diario.

Fijos discontinuos: la gran mentira de las última décadas

Aunque se desconozca la terminología de las Relaciones Laborales y el Derecho Laboral, como es mi caso, todos podíamos tener una vaga idea de los tipos de contrato existentes hasta hace poco y que a grandes rasgos podíamos clasificar en: temporales, fijos y fijos discontinuos.

Me centraré en los fijos discontinuos pero antes quiero puntualizar que los tres conceptos son rotundamente falsos.

Desde siempre (esto no lo ha traído la crisis estafa), los contratos temporales han formado parte de la artimaña empresarial y aunque se supone que no se pueden encadenar contratos y contratos, yo misma viví en mis carnes épocas en las que firmaba un contrato tras otro llegando incluso a permanecer más tiempo en la empresa que algún/a que otro/a indefinido/a. La clave está en cambiar algún parámetro o alguna nimia condición y ¡listo! Hecha la ley, hecha la trampa…y en un país de tramposos ya se sabe cómo acaba el cuento.

Por otro lado, encontramos el empleo fijo o indefinido, esa ansiada y tan difícil de encontrar modalidad de contratación. ¡Qué pocos de éstos conozco y qué pocos de ellos se traducen en “buenos” trabajos! Tener uno de éstos a veces se convierte más en un problema que en una solución, hay a quien se le hace la vida imposible para conseguir que sea él/ella quien se apee de la empresa, eso que recibe el moderno nombre de mobbing y que de toda la vida se conoce como estar puteado. De todas formas, esta tendencia está cambiando. Gracias al Gobierno (independientemente del signo político que digan defender) cada vez hay menos puteado por ahí, les están poniendo tantas facilidades a los empresarios, que prefieren despedir, pagar una miseria, sacar a cualquier desesparado de la cola del paro (que hoy por hoy son mayoría…los parados y los desesperados) con su bonificación y sus ventajas fiscales bajo el brazo, y si te he visto no me acuerdo.

Y ahí viene la joya de la corona: el fijo discontinuo. Hasta hace poco, ser fijo discontinuo era algo así como vivir en un limbo de trabajo y descanso “remunerado” que no estaba nada mal. Daba la sensación (errónea, por supuesto) de tener un trabajo indefinido (porque te tienen que volver a llamar sí o sí) con unas largas vacaciones pagadas (por el INEM y de tu propio trabajo) de un par o tres meses. Vaya, que a nadie le amarga un dulce y este contrato tenía un sabor dulzón que terminó empachando a muchos.

En mi círculo más cercano había dos contratos fijos discontinuos pero el zapato de cristal parece que se ha roto y el cuento se ha vuelto pesadilla. Ambos terminaron su etapa laboral en octubre con vistas de ser llamados a filas de nuevo sobre enero y ambos con la afirmación del jefe de turno bajo el brazo: <<sí, sí, tranquilo que este año te llamaremos antes>><< No te preocupes que empezarás otra vez>>. Y a día de hoy, uno sigue esperando la llamada de la selva y al otro le dijeron en abril (tras seis meses y después de mucho perseguir al jefe de personal y recibir la evasiva o el escondite por respuesta) que no iba a volver a trabajar ahí, que no contaban con él. Éste último se fue de cabeza a Magistratura ya que, a día de hoy, ni siquiera se han dignado a hacerle llegar una carta de despido y se verá envuelto en una especie de proceso judicial que seguramente no le lleve a ningún lado pero que era lo que tenía que hacer.

Al otro buen esperante parece que todo apunta a que le pueden pasar dos cosas: que lo llamen para un par de meses, contrato cumplido y al paro de nuevo o que no lo llamen y un buen día descubra que no piensan volver a contar con él y haya estado perdiendo un tiempo y un dinero preciosos, además de ahorrarle un pleito a la empresa que muy posiblemente argumente que él no se presentó a su puesto de trabajo (mal-piensa y acertarás y más cuando enfrente tengas una gran empresa).

De señoritos y cortijos

Afortunadamente para el primer caso que comento más arriba, enseguida encontró otro trabajo que no es moco de pavo tal y como está el patio pero la cuestión es a qué precio lo ha encontrado: trabajo físico, 40 horas semanales, experiencia en el puesto…contrato temporal (of course), 700 € netos, pagas prorrateadas. Una ganga vamos.

Y éste es el panorama que nos acecha y que encontrarán nuestros hijos, parafraseando al gran José Luis Sampedro: la cuestión no es cuándo saldremos de la crisis, la cuestión es cómo saldremos de ella.

Se nos viene encima, otra vez, esa España profunda y doliente de señoritos y cortijos en la que a todo hay que decir que sí para llevar comida a la mesa, esa en la que hay que coger lo que te dan porque es lo que hay, esa en la que hay que agachar la cabeza para que no te la sieguen de raíz. Pero el Presidente está contento <<muy contento>> porque 2.300 personas han salido de las listas del INEM. Supongo que no habrá omitido en su felicidad extasiada que la población activa ha caído en 187.000 personas; supongo que no habrá omitido la cantidad de jóvenes y no tan jóvenes que han hecho el petate y se han marchado con la lágrima en el bolsillo como único salvoconducto hacia una vida mejor; supongo que no habrá omitido a esos cientos miles de desesperados que ya no confían en el sistema público y deciden buscarse la vida de otras maneras más o menos efectivas pero, por lo menos, más activas; supongo que no habrá omitido a todos aquellos a quienes se les han retirado las prestaciones y se les ha abandonado a su suerte porque ya no son más que una carga no-productiva e insostenible. ¡Qué fea costumbre tengo de suponer!

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