Once años sin él

Hoy se cumplen 11 años de su ausencia. Siempre me fue más sencillo escribir cuando me sentía triste o herida, supongo que los sentimientos amargos empujan las palabras para ayudarlas a salir y así hacerme sentir un poco menos peor; pero en lo que concierne a su marcha jamás me salió qué decir.  Jamás pude sentarme frente a un papel para desahogar esa extraña sensación que oprimía mi pecho, me anudaba la garganta y me retorcía la boca del estómago cada vez que me daba cuenta de que nunca volvería a verle. Pero creo que ha llegado la hora de reconocer que es cierto aquello que dicen de que el tiempo cura las heridas, aunque mis ojos siguen humedeciéndose y mi mentón sigue temblando cuando pienso en él, ese sentimiento amargo ha desaparecido de mi corazón.

Recuerdo que cuando se fue lo que más me entristecía era pensar en aquello de lo que todas las mujeres nos lamentamos cuando perdemos un padre a tan tierna edad como yo lo hice: ya nunca conocería al hombre de mi vida, nunca me llevaría al altar, jamás conocería a sus nietos, y demás lamentos que analizados a años vista suenan un tanto recurrentes. Ahora, 11 años después, me paro a pensar y me digo a mí misma: Laura, lo realmente importante es que hayas conocido TÚ al hombre de tu vida, además nunca has pensado en casarte más allá de lo que entiendes por firmar un papel que os proporcione a ambos unas garantías de cara a un futuro incierto, y piensa que, en cierto modo, tu hijo o hijos sí conocerán a su abuelo, lo harán a través de ti. Y precisamente con esa última reflexión me doy cuenta de que el dolor no desaparece, simplemente se transforma; quiero decir que, cuando él se fue a mis dieciséis años de edad, lo que me quebraba el alma era saber que no iba a verle nunca más y que, a pesar de sus múltiples defectos, siempre me sentí profundamente querida e incluso admirada por él y ya no iba a volver a experimentar esa sensación que me llenaba el corazón de orgullo cuando se le saltaban las lágrimas con cualquiera de mis logros; pero hoy a mis veintisiete, pienso que esos defectos tal vez hubieran terminado oscureciendo una relación tan hermosa como la que mantenía con su mujer y sus hijos, ciertas cosas nunca van a mejor sino todo lo contrario. Con esto no quiero decir que el concepto sobre quién fue haya cambiado en mi, ni mucho menos, a pesar de que ya sabemos que cuando uno muere es el más bueno del cementerio, afortunadamente jamás caí en ese error, desde el primer día fui consciente de quién era él, con sus luces y sus sombras, aunque a día de hoy me siento libre para quedarme con sus luces y enterrar lo demás.

Como ya he dicho, mi dolor 11 años después se ha transformado, siempre le echaré de menos como figura paterna, como esa persona que hagas lo que hagas le parecerá bien, porque a pesar de estar convencido de que te estás equivocando, cree tanto en tus posibilidades que confía en que romperás esquemas y saldrás victoriosa, y que cuando finalmente se confirman sus sospechas y fracasas estrepitosamente, jamás te dice “te lo dije” sino “arriba, que eso no es nada para ti”. Pero supongo que a todos nos llega un momento, antes o después, en nuestras vidas en el que nos encontramos a nosotros mismos y somos realmente conscientes de qué sentido queremos darle a nuestra existencia, bien, pues creo que estoy atravesando ese momento, y es ahora cuando realmente comprendo que le echo de menos, pero ya no como padre, sino como hombre.

Es ahora cuando me doy cuenta de que solo le conocía como hija, y eso es lo que hoy me atraviesa las entrañas y me llena de dolor. Nunca podré sentarme con él a cambiar el mundo frente a una taza de café; sé a qué partido político votaba, pero nunca podré saber cuáles eran realmente sus ideas frente a los problemas sociales y las guerras; sé que corrió delante de “los grises” en varias ocasiones por piquetero, pero nunca podré escuchar sus motivos o sus experiencias; sé que lloraba solo con escuchar la primera nota de cualquier canción interpretada por Serrat, sé que le apasionaba la maravillosa trompeta de Louis Armstrong, sé que Elvis le hacía mover esas caderas huesudas a las que tanto les gustaba bailar, pero nunca sabré si The Beatles le hicieron vibrar cómo me hacen vibrar a mí, nunca sabré si le hipnotizaba la preciosa voz de John como me hipnotiza a mí; sé que le gustaba leer y agradezco haber heredado ese placer por la lectura, pero amigos, lo realmente duro es comprender que nunca sabré si me felicitaría por estas líneas que hoy decido compartir con vosotros.

No dudéis en interesaros por vuestros padres y madres, son esas personas a las que vemos a diario pero también son “esos grandes desconocidos”, sabemos lo que quieren para nosotros pero muchas veces desconocemos qué quieren para ellos. Comprendamos que antes de ser padres, fueron hijos, que antes de ser ellos quienes ponían los límites, fueron ellos los limitados, y no olvidemos que gran parte de lo que somos se lo debemos directa o indirectamente.

Quizá porque el 11 siempre tuvo una luz especial para mí, es ahora que consigo expresar una mínima parte de lo que siento, espero que el año que entra sea una inspiración para seguir adelante con más fuerza. Amigos, 2011 nos espera y no olvidéis que nos sonría o no la suerte, es nuestro año, porque todos los años son nuestros.

Un abrazo,

Laura Blanch

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