No hay lugar para grises

Hay cuestiones fundamentales en la vida que inevitablemente son blancas o negras, no hay lugar para grises. O se es homófobo o no se es; o se es pacifista o se es belicista; o se es racista o no se es.

Son ya incontables las discusiones sobre racismo y xenofobia en las que me he visto inmersa y si hay algo que puedo concluir de todas ellas es que es preferible un racista declarado que uno encubierto que se escuda tras eufemismos y falsos mensajes que escupen como dogmas de fe.

Bien es cierto que para la defensa ya no de mis argumentos o mi punto de vista sino de mi forma de entender a nuestra especie y con ello mi forma de afrontar la vida, caigo repetidamente en el ejemplo del nacionalsocialismo. Recurro a él por gráfico, fácilmente reconocible e impactante para el receptor.

El “comparado”, en su indignación e incomodidad por la etiqueta, recurre al <<no te pases, yo no he hablado de exterminar a nadie>>. Bien, Hitler tampoco lo llevaba en su programa electoral, de hecho no hay un solo documento que ponga en boca del Führer referencia alguna al asesinato sistemático de millones de personas, ninguna orden de exterminio llevaba su firma y, excepto los negacionistas del Holocausto –que vayan ustedes a saber qué interés pueden tener en negar tan gran evidencia de odio y muerte-, nadie se atrevería a negar la responsabilidad de Hitler en tan enorme agravio y atentado contra la Humanidad. El NSDAP aprovechó el antisemitismo ya existente para hablar de limpieza racial del territorio alemán, para hablar de reubicación territorial del indeseable, pero jamás habló de asesinatos masivos y mucho menos de gaseamientos. Fueron las facilidades encontradas y la imposibilidad de gestionar el encierro de millones de personas lo que les empujó (encantados con la idea) al exterminio sistemático de éstas. Los ghettos fueron establecidos como lugares de paso hacia un lugar definitivo para la reubicación de los judíos: Madagascar (sí sí, Madagascar). Nadie habló de que se tratara de un primer paso hacia los campos de la muerte.

Pero el asesinato sistemático de millones de personas no empezó en las fábricas de muerte que proliferaron por los territorios ocupados del Reich (especialmente en Polonia), no empezó en los sótanos y hornos de Birkenau, ni en los ghettos ni en las orillas del Wansee, ni tan siquiera en aquellas tristemente célebres Leyes de Nüremberg. No. El exterminio sistemático de millones de personas empezó con las palabras; con la aceptación generalizada de que hay personas malas o peligrosas por el mero hecho de haber nacido con unas características determinadas; con la aceptación de que hay quienes tienen más derechos que otros por haber llegado antes a un lugar o por tener una genética que consideran ligada a un territorio; con la aceptación de que hay seres humanos inferiores; con la aceptación y reivindicación de que la única verdad justa posible era aquella que rezaba: <<Alemania para los alemanes>>.

Las nubes de ceniza que cubrieron durante años los bellos paisajes de Polonia no empezaron en Majdanek, Sobibor, Chelmno, Treblinka, ni siquiera en Auschwitz. Las nubes de ceniza empezaron en pleno corazón de Alemania con unas pocas palabras enajenadas, con unos repetitivos discursos víricos. Y los nazis, igual que los xenófobos actuales, no se escondían en absoluto. El mismo Joseph Göebbels repetía hasta la extenuación la cita de Lenin: <<Una mentira mil veces repetida se transforma en verdad>>. La táctica funcionó una vez, ¿por qué no iban a utilizar ahora las mismas artimañas? ¿qué hace que nos creamos tan avanzados para pensar que hoy no les funcionaría?

No hay que subestimar al que odia, hay que combatirlo con verdad y con amor por la vida. Cuando te mientan, desmonta rumores.

 

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1 Comment

  1. Pablo says

    No puedo mas que sentirme fuertemente identificado con tu reflexión.. Gracias.

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