La juventud dormida -el discurso de Charlotte-

<< ¿La juventud dormida? No podría estar más en desacuerdo.

No olvidemos que el mundo lo mueven los adultos y que, por consiguiente, el camino a seguir lo marcan también ellos. El problema puede no radicar en la juventud sino en los impedimentos que “los mayores” o “el sistema” (cómo ustedes prefieran llamarlo) le ponen cuando intenta crear su propio camino lleno de ideales y sueños que todo humano anhela en sus primeros años: paz, igualdad y amor, en definitiva un mundo mejor para todos. La sociedad “seria” se empeña en silenciar a los jóvenes, quizá sea debido precisamente a que los grandes cambios sociales y las grandes revoluciones a lo largo de la historia los han protagonizado justamente ellos, los jóvenes. Cuando eres joven y pides paz, te dicen que aún eres inocente y se te pasará con el tiempo; si ese deseo de paz sigue vivo a pesar de ir cumpliendo años, te dicen que debes madurar y que tienes la cabeza llena de pájaros.

Les repito amigos que no creo que el problema sean los jóvenes, puede que el problema pase por una falta de referentes sociales en nuestra era, alguien que canalice en su voz un mismo mensaje de amor, alguien a quien seguir; o tal vez la pena sea precisamente necesitar alguien a quien seguir.

Tendemos a decir que el ser humano no ha aprendido nada de las atrocidades, guerras y errores del pasado, pero desgraciadamente eso no es del todo cierto. El mensaje que la historia o los historiadores nos transmiten es que aquellos que lucharon pacíficamente en aras de la paz y la igualdad murieron en el intento o fueron deliberadamente asesinados; y por el contrario, se nos ha dicho que el país con el más grande y más potente ejército, el mayor vendedor de armas, el que interviene en cuanta guerra se le antoja (le concierna o no), es el país de la libertad y el que vela por la paz mundial. Nos han “convencido” de que la paz solo se logra a través de la guerra, a pesar de lo paradójico y ridículo que suena; y guerra tras guerra, la paz sigue sin llegar y nosotros seguimos peleando. Nos dejamos llevar por un sin sentido, a pesar de que en un solo segundo de reflexión todos llegaríamos a la misma conclusión: ¿combatir por la paz? Es tan absurdo como suena.

Con ese panorama parece más peligroso hacer el bien que hacer el mal, ¿no les parece?

Tal vez no todos pensemos del mismo modo, pero nos autobombardeamos con imágenes destructivas y lenguaje violento, estamos creciendo con la muerte y la devastación. Vemos cadáveres mientras comemos y estamos permitiendo algo aún más peligroso que una sociedad violenta, y es una sociedad indiferente acostumbrada no solo a mirar para otro lado, sino a mirar fijamente el problema y conseguir que no le afecte. ¿Por qué no probamos a bombardearnos con otro tipo de mensajes? Seguramente nos saldría más barato, pero muchos otros intereses quedarían por el camino.

¿Cuántos países de los que dicen que velan por la paz mundial venden armas de forma legal y de forma no tan legal a otros países, incluso a países en conflicto? Es muy probable que en cualquier guerra civil de cualquier mal llamado país tercermundista, ambos bandos sean proveídos de armas por un mismo país, y mientras todos lo sabemos nadie dice nada, porque nuestra economía funciona, porque nuestro sistema sigue en pie, porque en nuestro plato no falta la comida, porque nos siguen amordazando con la gran mentira del “primer mundo”: el estado de bienestar. Y seguimos poniendo el grito en el cielo porque este mes cobraremos 995 euros en lugar de 1000, mientras nuestro vecino acude todos los días al comedor social más lejano de su casa posible, medio escondido como si estuviera haciendo algo malo, avergonzado; y mientras él no puede ocupar su tiempo y su mente en otra cosa que no sea preocuparse en cómo lo va hacer para poder comer mañana, tú te dedicas a gritarle a la nada reclamando cinco euros que realmente no te suponen un gran cambio, en lugar de dedicar cinco euros de tu compra en solucionarle a tu vecino el problema de qué comerá hoy. ¡Ay la crisis!, nos distraen con infinidad de números y lenguaje económico indescifrable y el mundo está cambiando a pasos agigantados y nos lo estamos perdiendo porque no hacemos otra cosa que mirarnos el bolsillo, mientras a pocos kilómetros de nosotros hay quien se está levantando de un largo sueño de décadas, hay quien está cambiando la clausura de su casa por un hogar en libertad, y todo eso de un modo pacífico, dejando vidas inocentes en el camino es cierto, pero pacíficamente (es evidente que no me refiero a Libia, aunque hay que recordar que el levantamiento fue pacífico, la palabra “guerra” o “intervención” –qué eufemismo repugnante- llegó desde occidente y desde el dictador).

Y seguimos votando como si realmente creyéramos que lo hacemos libremente, sin coacciones, sin seguir directrices de un tercero, como si realmente dependiera de nosotros quién nos gobierna y cómo lo hace, y no nos damos cuenta (o no queremos hacerlo) de que es siempre el mismo perro con distinto collar, nos hemos resignado al eufemístico “voto útil” que en realidad significa votar al menos malo mientras no nos creemos nada de lo que nos cuentan o aún peor, sí les creemos y al caer el golpe es más duro. La respuesta, por supuesto, no está en los políticos, la respuesta no está en la derecha ni en la izquierda. La respuesta no está en el Che, ni siquiera en Ghandi ni en Lennon, la respuesta está en nosotros y en nuestra capacidad de discernir qué es realmente justo. Nos escudamos en la teoría del esfuerzo, en que cada uno tiene lo que merece, pero ¿realmente es así? En una sociedad en la que todos gozaran de las mismas oportunidades podría aplicarse esta teoría, ciertamente dependería del esfuerzo y de la suerte de cada individuo, pero esa sociedad no existe. Si no somos capaces de ser equitativos entre ciudadanos de un pequeño pueblo, ¿cómo podemos serlo entre continentes?.

El cambio tiene que empezar en nosotros, la cuestión de fondo es: ¿queremos cambiar? ¿realmente los que tienen mucho estarían dispuestos a tener un poco menos en beneficio de cientos de desconocidos? Es más fácil decir: “acaso, ¿ellos lo harían por mí?” Y así nos va, unos por otros la casa sin barrer, tenemos lo que nos merecemos, sabemos cómo podemos cambiar las cosas pero no queremos renunciar a nada o meternos en quebraderos de cabeza extra. Y después vendrán los lamentos por  lo que no hicimos mientras pudimos hacerlo, cuando ya sea demasiado tarde, o quizá la reflexión más esperanzadora sea precisamente esa: nunca es demasiado tarde para intentar hacer las cosas bien, intentarlo ya es hacerlo.

Paz. >>

You might also like

Leave A Reply

Your email address will not be published.