La cena

Ya ni recordaba el tiempo que había pasado desde la última vez que salió a cenar con sus amigas y se prometió que no permitiría que tardara tanto en repetirse. Regresaba  a casa intentando morderse la sonrisa que inevitablemente se le dibujaba en el rostro; lo había pasado tan bien. Hacía tiempo que no se reía de aquel modo tan contagioso, de aquel modo en que no puedes parar e incluso llega a tensarse tanto la articulación de la mandíbula que te duele, pero aun así no puedes parar.

No le hacía gracia caminar sola a esas horas de la madrugada por las calles del pueblo. A pesar de ser un lugar tranquilo en el que nunca ocurría nada reseñable, no dejaba de ser una joven sola y, más o menos, indefensa. Intentó apartar los pensamientos inquietantes y las paranoias de su cabeza recordando todas y cada una de las estupideces que se habían dicho en aquella mesa durante la cena, pero no lo consiguió. Escuchó unos pasos por debajo del repiqueo de sus afilados tacones; alguien caminaba tras ella arrastrando los pies. Se echó la mano a la melena fingiendo apartarse los largos cabellos de la cara y, acompañándose de un gesto con el cuello, aprovechó para echar un vistazo a su espalda. Nadie, no había nadie más en aquella calle.

No creía en espíritus ni fantasmas por lo que se asustó aún más; fuese quién fuese el que producía aquel ruido de pisadas tenía que ser algo físico, algo de este mundo, una amenaza real, y si se estaba escondiendo para no dejarse ver era evidente que se encontraba en apuros. Aligeró el paso pero al escuchar el fuerte golpeo de sus tacones contra los adoquines de la acera se sintió estúpida, quién quiera que la estuviera siguiendo también apresuraría su paso para darle alcance. Entonces decidió echar a correr. Se detuvo en el primer portal que encontró a su paso y sin perder ni un segundo se quitó los zapatos. Se sentía ridícula comportándose de aquel modo pero tenía miedo. Su corazón latía cada vez con más fuerza y su respiración se tornaba más intensa y angustiosa por momentos. Decidió guardar los zapatos en el bolso, le temblaba tanto el pulso que los tacones no dejaban de golpearse entre sí una y otra vez y podrían descubrir su posición. Con mucha cautela asomó la nariz para echar un vistazo fuera del muro que la cobijaba, miró a un lado y a otro. Nada. Nadie.

Salió de su escondite y de nuevo empezó a correr en dirección a su casa. Ya estaba cerca. Tan solo dos calles la separaban de su destino cuando al doblar la esquina pudo ver una furgoneta atravesada en la calzada que cerraba el paso al final de la calle. Se detuvo jadeante, aterrorizada. Debía desandar sus pasos y tomar una ruta alternativa pero a lo lejos, tras ella, volvió a escuchar unos pies arrastrándose esta vez con más lentitud; sabedor, quién fuera que la persiguiese, de que la tenía cerca, de que no conseguiría escapar. Disponía de varias rutas alternativas pero empezó a invadirla una sensación de impotencia que hacía que se sintiera atrapada, sin salida. Comprendió entonces que no tenía escapatoria y en un destello de valor decidió dar media vuelta y enfrentarse a lo que fuera que la perseguía.

Intentó serenar su pulso. Notaba como temblaban cada uno de sus músculos bajo su piel pero no podía permitirse aparentar tanto miedo, así que apretó los dientes y cerró tan fuerte sus puños que podía sentir como sus largas uñas iban lastimando lentamente las palmas de sus manos. Volvió a calzarse y con paso aparentemente firme y decidido desanduvo el camino recorrido. De repente un fuerte olor a gasoil y a aceite de motor quemado dificultaban su respiración, entonces fue cuando se maldijo una y otra vez y se arrepintió de no haber metido el coche en el parking como siempre. Pero ¿por qué demonios no lo hizo?¿Por qué había aparcado a más de cuatro calles de distancia pudiendo aparcar en casa? No entendía nada y en cambio se vio invadida por una calma tensa. Repentinamente dejó de sentir miedo.

Notó como una densa lágrima resbalaba por su pómulo y recorría su mejilla aunque no estaba llorando. Volvió a concentrarse en aquellos pasos que la seguían desde hacía rato, se estaban acercando, podía adivinar una sombra a punto de asomarse tras la esquina. Escuchó sollozos y un fuerte lamento, aquella voz la tranquilizó. Era su marido. ¿Cómo había podido ser tan tonta? Estaba huyendo de su propio marido. Ahora sí se sentía realmente ridícula, cuánto se iban reír cuando se lo contara a Gus y qué feliz estaba de verle. Corrió al encuentro de su amado y cuál fue su sorpresa cuando vio que venía abrazado a su madre mientras ambos lloraban desconsoladamente.

-Cariño, ¿qué ha ocurrido?¿De dónde venís con esas caras?

No obtuvo respuesta alguna, ni siquiera detuvieron la marcha. Intentó detenerlos pero su cuerpo no le respondía, estaba inmóvil. A su izquierda su reflejo se perdía en el cristal de un viejo portal y no podía dar crédito a lo que veían sus ojos. Se acercó temblando a la puerta y el horror se apoderó de ella. Su ropa hecha jirones y ennegrecida por aceite de motor la hizo estremecer. A su reflejo le faltaba un zapato y al que le quedaba se le había partido el tacón. Levantó la vista y comprendió que la densa lágrima que sentía en su mejilla era sangre que brotaba de un profundo corte en la cabeza. La imagen era dantesca, estaba desconcertada.

Reanudó la marcha, esta vez en otra dirección, hacia la calle que bajaba perpendicular a la cortada por la furgoneta unos metros más arriba. Su  coche no estaba aparcado en ningún lugar; estaba ahí, volcado en medio del cruce, parcialmente aplastado y cubierto de lo que parecía espuma de extintor. Se acercó hasta casi poder tocarlo. El coche estaba rodeado de policías y bomberos pero nadie le impedía el paso, era como si no la viesen. “¿Es que nadie va a ayudarme?” pensó. Entonces vio el zapato que le faltaba; se acercó a recogerlo cuando se encontró de frente con un cuerpo cubierto por un plástico brillante: era un cadáver. Se sentó en el suelo.

En ese mismo instante todo empezó a cobrar sentido. Recordó haber bebido demasiado cómo para conducir; recordó que le costaba un mundo controlar las distancias; recordó perder el control del coche: recordó estar muerta.

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2 Comments

  1. María Abellán (@Nalleba) says

    Hola Laura, me ha encantado tu relato.
    Es un relato poco previsible, porque pensaba que alguien le perseguía para matarla y luego es que ella estaba muerta, estaba confundida por el accidente. El ritmo de suspense me a echo estar más atenta y disfrutar leyéndolo.
    Me ha resultado conmovedor que pierda la vida de esa forma, tan tontamente por haber bebido.Tu historia es una gran enseñanza,si bebes no conduzcas.
    Un saludo :p

  2. Laura Blanch
    Laura Blanch says

    Hola María,gracias por tu comentario.
    Me alegro de que te haya gustado, se hace lo que se puede y se agradece saber que alguien te ha leído 🙂

    Un saludo!

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