El cáncer y por qué me resisto a hablar de él

El pasado domingo, se celebró el Día Contra el Cáncer de Mama y como toda bloguera proyecto de bloguera que se precie, la sombra del post oportuno sobrevoló mi cabeza una y otra vez. Sin embargo, me ocurre algo que no puedo remediar cuando se trata del cáncer, y es que no me sale hablar de él. Es como si hablar de la enfermedad la ayudara a seguir expandiéndose o algo así como “si no lo nombro no existe”.

Siento cosas muy diversas a la hora de hacer frente a este tema pero siempre intento actuar de la forma que me parece más útil: haciendo de tripas corazón y dándole la visibilidad y la normalidad que merece (no sabéis cómo detesto cuando aún hay gente que se niega a nombrarlo como si se tratara de algo horrible de lo que avergonzarse y todavía dicen “tiene un mal”). No puedo decir que intento quitar hierro al asunto porque desgraciadamente no es nada trivial y es algo muy complejo de abordar.

Me avergüenza decir que no puedo hablar de un modo más técnico sobre la enfermedad (prevención, síntomas, diagnosis, pasos a seguir, tratamiento, etcétera) pero el cáncer golpeó nuestra casa cuando yo era apenas una adolescente y desde entonces puede que haya llevado a cabo una huida hacia adelante.

Todos conocemos a alguien. Yo, por desgracia, también

Mi padre arrastró un cáncer durante año y medio hasta que se dejó llevar definitivamente. Desafortunadamente, no puedo decir que luchó contra él porque faltaría a la verdad. Desde el primer momento en que se lo diagnosticaron, decidió que “esto es lo que me va a matar” y, además de que las circunstancias y complicaciones tampoco jugaron a su favor, actuó en consecuencia. Por aquel entonces yo tenía quince años y la cabeza llena de cosas de quinceañera y, aunque también tengo la sensación de que nunca se nos quiso hacer demasiado conscientes o partícipes de la situación a mi hermano y a mí, no entendía la actitud de mi padre respecto a la enfermedad y le culpabilizaba por ello. Con la distancia que dan los años y con el esfuerzo que me ha supuesto intentar entender al hombre por encima del padre, puedo decir que lo que realmente lamento es no haber respetado su decisión de “hasta aquí” y no haberlo acompañado como de verdad nos merecíamos ambos. Tendría que haberle ayudado en la tarea de paliar su dolor y no entorpecerla exigiendo su curación. Tuvimos año y medio para despedirnos y mimarnos y perdimos mucho tiempo acusándonos (con palabras o sin ellas) de egoísmo y de falta de amor.

Puede que ese dolor sea, en parte, el que me impide abordar el tema pero, sin duda, creo que lo que paraliza mi verborrea es el miedo.

El cáncer me da miedo

No sólo mi padre murió de cáncer, a mi abuelo paterno y a mi madrina (también familia de mi padre) también se los llevó esta maldita enfermedad. Con mi madre tuvimos un susto hace unos años pero, por suerte, todo quedó en un sobresalto que, desgraciadamente, no la disuadió en su hábito de fumar (una pena). Comprenderéis ahora el por qué de mis miedos: tengo un montón de papeletas para que me toque y yo no he comprado ninguna. Bueno, alguna sí.

La no-superación del dolor y la autodestrucción

Sin duda, si os digo que empecé a fumar a los diecinueve años pensaréis que soy una auténtica estúpida. Y, por supuesto, no os equivocáis. En realidad mi autodestrucción empezó unos años antes pero a los diecinueve le puse nombre oficial a la búsqueda de mi dolor: era fumadora.

Cuando muere un ser amado, hay varias formas de afrontar esa gran pérdida. La mía fue “la fortaleza” y el “tirar pa’lante”. En un primer momento, esa actitud puede ser muy útil para los que te rodean porque pueden contar con tu consuelo con la tranquilidad de saber que tú no necesitas ser consolado. Sin embargo, el dolor y el vacío terminan saliendo a la superficie por más al fondo que los hayas enviado. Y, en mi caso, todo el dolor que había empujado hacia lo más profundo, fue apareciendo disfrazado de conductas autodestructivas contra mi salud y contra mi autoestima.

La cuestión es que a los veintiséis años (siete años más tarde) me deshice de las cadenas del tabaco y limpié mi organismo. A día de hoy, me rondan dos sentimientos encontrados: el orgullo por haberlo dejado para siempre (esto es como el amor: si no quieres que sea para siempre, no es amor) y la culpa por haber maltrecho mi salud durante seis largos años aun a sabiendas de lo que suponía para mí teniendo en cuenta los antecedentes familiares.

Por ello me causa tantísima pena haber descuidado mi bienestar durante tanto tiempo. Con mis antecedentes, yo no juego con mi salud, yo juego mano a mano con la muerte.

Donde hay cáncer hay esperanza

No puedo obviar que los casos de los que he hablado ocurrieron hace treinta y dos, veintilargos y casi quince años. Además, en el caso de mi padre el tumor estaba alojado en una zona muy compleja en la laringe que hacía imposible su intervención quirúrgica; el pobre, que de salud nunca andó sobrado, no aguantaba la quimioterapia así que hubo que descartarla y pasar directamente a la radioterapia.

Soy consciente de que durante todos estos años es muy probable que la ciencia haya avanzado mucho, si bien no en el sentido curativo si en el paliativo; del mismo modo que soy consciente que el cáncer que se llevó a mi padre era un caso muy complicado o casi mortal desde un comienzo que además se cebó con una persona físicamente débil con una salud maltratada. A todo esto, quiero añadir que estoy plenamente convencida (y muchos expertos apuntan en la misma dirección) de que la actitud con la que uno afronta la enfermedad puede suponer prácticamente un cincuenta por ciento (o más) de su curación o de su no-curación.

A diario sabemos de casos de conocidos o conocidos de conocidos que han superado un cáncer y que no sólo se han curado, han renacido y han mejorado su calidad de vida notablemente.

Sin ir más lejos, hace poco me enteré de que un viejo amigo acababa de superar un cáncer. Y me enteré porque lo hizo público en las redes sociales donde todos pudimos regocijarnos de tan maravillosa noticia. Además, compartió con todos nosotros que quería hacer llegar su experiencia a todo aquel que necesitara o quisiera conocerla y lo hizo empezando una serie de post en su blog Tengo un don: LA VIDA. El primero de esos post se titula Ganamos. He superado al cáncer y es tan maravillosamente sencillo y normal que se me pone la piel de gallina de imaginar cómo se debió sentir y cómo fue amoldando su actitud para ganar esta gran batalla. Os recomiendo la lectura de su blog porque es tan directo y sincero que vale la pena empaparse de su historia.

Con esto lo que quiero decir es que, aunque seguiré temiéndole a esta enfermedad, no quiero olvidar que tiene cura y que hay vida después del cáncer.

¡Salud!

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2 Comments

  1. Dioni Camacho says

    Muchas gracias Laura, es un relato emocionante.
    Tenía ovidado lo de tu padre y me ha venido a la mente mi actitud en ese momento no lo recuerdo muy bien pero no estuve al caso. Y como suele pasar con la mayoría de gente, evité el problema. Símplemente no existía. Lo siento.
    Por suerte veo de otras formas las cosas. Sin miedo.
    Muchas muchas muchas gracias por enlazar mi post. Confieso que me he emocionado mucho. Parecía la ganadora de un oscar. JAJAJA.
    Un abrazo.

    1. Laura Blanch
      Laura Blanch says

      El honor es siempre mío 🙂 Gracias por comentar el post.

      Es posible que la inmensa mayoría de nosotros no acostumbremos a estar a la altura en estos casos, simplemente porque esa “altura” es muy relativa porque depende de las necesidades del otro que no siempre son claras o perceptibles y eso nos complica mucho la tarea. De todas formas, siempre recordaré que acudiste de inmediato a mi llamada y para mí eso tiene un valor que no se ha perdido con los años. Si te sirve de consuelo, para mí estuviste a la altura de mis circunstancias en el momento justo.

      Gracias y un abrazo 🙂

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