Adiós Gabo. Gracias

Aunque se me caiga la cara de vergüenza, tengo que decirlo: he leído muy poco a Gabriel García Márquez. De hecho he leído muy poco a los “grandes” autores. Excepto en el fútbol, siempre tuve tendencia a ponerme del lado del “pequeño”. Vamos que lo mío no son los best seller aunque morí de pasión con El código da Vinci, al que siguieron decenas de lecturas sobre la misma temática…llamadme simple si queréis.
Sin embargo, con Gabriel me pasa algo que creo que debo contar aunque parezca algo carroñero aprovechar un día como hoy para hacerlo. Creedme si os digo que no es oportunismo sino más bien mi pequeño homenaje a una gran pérdida literaria.

Mi primer libro completo lo leí pronto, creo que sobre los cinco años. A penas había aprendido a leer y ya llevaba mi pequeño tesoro bajo el brazo a cualquier rincón de la casa, Brillant se titulaba. Una de las ventajas de tener un hermano mayor es que (generalmente) lo aprendes todo antes, sobre todo lo malo pero también lo bueno. Como los libros infantiles que rondaban por casa eran los de mi hermano cuatro años mayor que yo, mis primeras lecturas fueron también cuatro años por encima de la edad recomendada, si bien nunca terminaré de entender quién decide y por qué cuál es la edad adecuada para cada quién.

Mi relación con la lectura fue estupenda, nunca faltaron cantidades ingentes de todo tipo de literatura en casa, así que devoraba libros y libros: míos, de mi hermano y alguno de mis padres. Pero llegó a mi vida, como a la de todos, esa gran equivocación escolar que se llama “lectura obligatoria”, y es que cuando a algo que debe ser intrínsecamente divertido y entretenido le colocas la coletilla de “obligatorio/a”…ya la hemos liado. Mi divorcio con la lectura fue total y unilateral.

Como a toda “lectura obligatoria” le seguía un “trabajo obligatorio” sobre el libro en cuestión, me dediqué a hacer algo que, a día de hoy, todavía no comprendo cómo me pudo funcionar tan bien y durante tanto tiempo: leerme la contraportada, una hoja de aquí y una hoja de allá, sacar mis propias conclusiones de lo que creía que debía tratar el libro, hacer el trabajo tirando de imaginación y elaboradas conjeturas y opiniones, y aprobar…con nota en muchas ocasiones (no, no existía El rincón del vago. Sí, soy muy mayor). Así fue prácticamente hasta que llegué a bachillerato, y una que es de letras puras como se dice por ahí, elegí la modalidad donde había ausencia total de números y mucha letra (literatura castellana, literatura catalana, historia de la literatura, latín, griego, historia del arte, Historia, catalán, castellano, inglés, etc.), hecho que se traducía en muchas, muchísimas lecturas obligatorias por trimestre.

Afortunadamente un buen día llegó una profesora nueva de lengua castellana, que si bien era una kamikaze del análisis sintáctico de oraciones -de esas pesadas, pesadas de verdad-, vino con una buena idea bajo el brazo: una lista de títulos entre los que podíamos escoger uno para leer y hacer el correspondiente trabajo. ¡Ah amigos! Eso era nuevo, puede que no estuviera tan mal.

La profesora nos entregó su lista de la que elegí Abierto toda la noche de David Trueba, libro del que no recuerdo nada pero que sé que me gustó y por tanto lo recomiendo. El terreno ya estaba abonado de nuevo. Y entonces llegó él, Gabriel y su exquisita y envolvente literatura.

Mi maestro de literatura castellana, al que nunca le agradeceré lo suficiente el amor que profesa y contagia por nuestra lengua a pesar de que nunca podré perdonarle no librarnos del Quijote que será muy universal pero es un auténtico duermeviejas, llegó un buen día con una de esas benditas lecturas obligatorias. Esta vez no era una lectura de cualquiera de ese mogollón de autores más o menos mediocres flojos que llenan las estanterías de libros para la asignatura de lengua castellana (Saxo y rosas, ¡por favor!, ¿en serio?), no, ahora estábamos en Literatura Castellana y nuestro profesor venía a lo grande: Crónica de una muerte anunciada de Gabriel García Márquez. Atractivo el autor y cómo no, atractivo el grosor de la novela, así que no pude más que leérmelo en apenas unas horas, del tirón y…¡repetir! <<El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana>> ¿a quién podría dejar indiferente una novela que empieza así?

Sí amigos, mi reconciliación con la lectura estaba servida y gracias nada más y nada menos que al gran Gabo, o bien debería decir que gracias a “el Morillo” (mi profesor) pero eso da para otro homenaje en otro post. Eso sí…El amor en los tiempos del cólera me dio mucho vértigo y aún hoy no he conseguido superar la pereza que me da leerlo, debería estar prohibido entrar en una clase llena de adolescentes con tamaña novela, eso tira para atrás a cualquiera y deja una huella imborrable.

Quiero concluir mi pequeño y humilde homenaje presentando todos mis respetos a tan gran autor, agradeciendo todas y cada una de sus aportaciones a la grandeza de la literatura universal en español, agradeciéndole especialmente que escribiera tan maravillosa novela que me volvió a dejar atrapada en esa telaraña de sueños que es la lectura, con la firme promesa de retomar sus obras y sintiendo muy mucho su marcha.

Gabriel, espero que descanses y nos sonrías eternamente desde tu Macondo querido. Serás eterno. Gracias.

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